Dos cuentos tradicionales de Marruecos

Todos los países tienen sus cuentos tradicionales, y Marruecos no podría ser una excepción. Hoy os ofrecemos dos narraciones cortas tradicionales marroquíes que pueden ser de vuestro interés: “El grano de arena” y “La suerte”.

Ambas historias tratan temas frecuentes en la narrativa breve: la creación del mundo y la suerte (tan enraizada al destino). En el primer relato vemos a Dios trabajando en su gran obra (el mundo), cuando uno de los arcángeles, en un acto de clarividencia, le sugiere a su patrón que habría que fabricarle un alma al ser humano. En el segundo relato leemos el episodio de una mujer y su relación con la suerte. 

En definitiva: dos cuentos tradicionales marroquíes que te harán pasar unos (pocos) minutos de grata lectura.

 

Cuento tradicional de Marruecos: El grano de arena

Dios estaba fabricando el mundo. Después de los astros, la tierra, el mar, fabricó también a las personas. Eran bellas criaturas, con los ojos espléndidos, pero no tenían alma.

—Es necesaria el alma —sugirió el arcángel que lo ayudaba.

—Tienes razón —dijo Dios—. Vamos a hacerles un alma.

Y se puso a preparar las almas. Dios estaba contento, trabajaba con entusiasmo. Amasó rayos de sol con perfume de jardines, zafiros de montaña con susurro de olas marinas… y las almas salían del laboratorio todas adornadas y brillantes. Entonces el Padre bajó a la tierra y distribuyó un alma a cada persona.

Pero como aquel día llovía, algún alma llegó a destino un poco estropeada. Y un día una persona —una de aquellas que había recibido un alma algo estropeada— tuvo el impulso de decir una mentira, una mentira de nada, así de pequeña; pero era el primer hilo de la inmensa red de los engaños.

Dios, que lo sabe todo, se dio cuenta y se enfadó. Reunió a sus hijos de la Tierra y les dijo que no se debe mentir.

—Por cada mentira que digáis, arrojaré sobre la Tierra un granito de arena.

Los hombres no hicieron caso. En aquel tiempo no había arena sobre la Tierra; y con todo aquel verde, ¿qué importancia podía tener un granito de arena? Así fue como, después de la primera mentira vino la segunda, y tras ésta la tercera y la cuarta… La lealtad iba desapareciendo, el fraude y el engaño invadían el mundo. Dios por cada mentira arrojaba un granito de arena; pero a un cierto punto, ya no pudo más, y tuvo que ser ayudado por un ejército de ángeles y de arcángeles.

Cayeron del cielo torrentes de arena, y la Tierra, el bello jardín florido, empezó a ajarse. Vastas zonas terrestres se cubrieron de arena: era el desierto. Sólo aquí y allá, donde todavía vivía alguna buena persona, quedaron raros oasis. Pero como la calamidad continúa difundiéndose, no está excluido que un día, por culpa de las mentiras, la Tierra se convierta toda en un inmenso desierto…

 

Cuento tradicional de Marruecos: La suerte

Una mujer encontró un día una bolsa llena de monedas mientras barría la puerta de su casa. Dejó la escoba y se marchó al zoco para comprar un cordero. A pesar del calor, del polvo y del olor desagradable de los animales, recorrió lentamente el corral en el que se hallaban. Al final eligió un carnero de cuernos muy largos. Le tocó el vellón de lana para ver si estaba tan gordo como pretendía el vendedor. Se puso a regatear el precio, fingió marcharse, volvió, regateó nuevamente y terminó pagando. Regresó a su casa llevando el carnero de una cuerda y lo ató a una estaca en el jardín que se encontraba detrás de su casa.

Unos días más tarde, un chacal pasó por allí. Se relamió pensando en el carnero. «Alá es muy generoso al ofrecerme tal festín», se dijo. Tras saltar el cerco, se lanzó sobre el carnero y se lo comió. La mujer vio desde su ventana al chacal en plena comilona. Le gritó, pero era demasiado tarde.

Luego fue a ver al cadí para ver si obtenía alguna reparación.

—Dime de qué se trata —le dijo el juez.

—Estaba yo barriendo delante de mi puerta…

—Tienes mucha razón. Hay que mantener limpio el hogar y sus alrededores —le dijo el cadí.

—… cuando me encontré una bolsa llena de monedas.

—Era tu día de suerte.

—Con el dinero me compré un carnero.

—Era el de la Aid el Kebir.

—Unos días más tarde, un chacal, maldito sea, se lo comió.

—Era su día de suerte y no el tuyo —dijo el cadí sonriendo.

La mujer, sintiéndose desairada, se marchó sin agregar palabra.

El relato “La suerte” está incluido en 30 Cuentos del Magreb. Jean Muzi, Solidaridad Internacional.


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