Dos historias sobre los urcas. La violencia (real) en Siberia

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Dos cosas son inmutables entre los urcas, un pueblo siberiano que opuso tenaz resistencia a Stalin en los años 30 del pasado siglo: su profundo catolicismo y su culto a la libertad. Este pueblo vive hoy confinado en tierras ajenas. Stalin los deportó en masa y los instaló en una perdida franja de tierra al oriente de Moldavia. Allí están próximos a cumplir un siglo, pero no han perdido ninguna de sus tradiciones. Los viejos no usan por ningún motivo ropas occidentales. Los jeans y las casacas de mezclilla están prohibidas.

Vomitan tanto el ruso como el inglés y todos hablan la lengua con que se criaron en Siberia. Los jóvenes, como es el caso del autor de la novela ✅ Educación siberiana, Nikolái Lilin. Comprar en , llevan tatuajes por todas partes del cuerpo. Es una religión. No hay uno igual a otro. Representan con figuras diabólicas su historia personal o el sitio (el barrio) donde han nacido. Los jóvenes que han estado presos graban en su piel sus prontuarios. Lucirlos es un orgullo.

Los urcas fueron y son una sociedad patriarcal. El mando lo tienen los mayores. Su palabra es ley. Se les llama “abuelos”. Lo son los de parentesco sanguíneo, pero también los instructores, los maestros. Cada adolescente está a cargo de uno de ellos. Para distinguirlos del abuelo parental, agregan a ese apelativo el apellido del anciano.

De todo esto nos habla en la novela ya citada Nikolái Lilin, de treinta años, nacido en el “exilio” o sea en Transnistria, el lugar donde hoy viven forzados por las reglas que estableció Stalin y que hoy mantiene Putin. Actualmente, no reside en ese territorio, sino en Italia. Su oficio es el de tatuador. Es uno de los mejores. En un momento de reflexión sobre su origen, tuvo la idea de escribir un libro autobiográfico, contando sin pelos en la lengua la verdad sobre su vida y sobre la de sus antepasados. Así la novela, que es éxito de ventas desde el año 2009 (escrita en italiano), habla de crímenes, de asaltos, de robos, de torturas. Todo esto está permitido en su pueblo. Él lo alcanzó a vivir con crudeza. Hoy es menos, pero todos se sienten orgullos de ser y que los llamen criminales. Su cultura es la violencia. Los ancianos dicen que esta violencia en el diario vivir, es necesaria. Tanto en Siberia como en Transnistria a los niños se les inculca desde pequeños la agresividad, pero nunca contra los más débiles. Se les instruye en el uso de las armas y cómo y cuándo deben usarlas. “Pie descalzo”, el niño protagonista de la novela, recibió de regalo, a los diez años, una cuchilla tenebrosa. Las llaman “yipa”. Todo joven la tiene y es sagrada. También saben disparar tanto a animales de caza como a sus enemigos. Matar es rutina. Cuando luchaban contra el comunismo, dispararle a un soldado soviético era pan de cada día. Los niños lo hacían, muertos de la risa, mientras chupaban un caramelo y sostenían en sus manos una Kalashnikov.

 


cuentosErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.


Urcas tatuados, violencia en Siberia

Nota sobre la imagen: el tatuaje en todo el cuerpo es un símbolo de la cultura siberiana de los urcas. Todos los tatuajes tienen un significado, y muchas veces dan cuenta de la historia criminal de cada miembro de esta etnia.

 

Criminales y honestos, un cuento oculto sobre los urcas

“Para leer este libro hay que estar dispuesto a olvidar las definiciones del bien y del mal tal como las conocemos”. Nikolái Lilin

 

Conque, vistos que todo lo americano estaba prohibido, así como ostentar riqueza y poder materiales, en mi barrio todos vestíamos con suma humildad. Lo de la ropa nos fastidiaba, aunque también era motivo de orgullo, pues llevábamos como trofeos los zapatos viejos de nuestros padres o hermanos mayores, sus prendas pasadas de moda, que debían poner de manifiesto la modestia y sencillez siberianas.

Era curioso ver cómo administraban el dinero nuestros mayores. Éramos una comunidad antigua y muy rica, las casas del barrio eran enormes, la gente habría podido vivir “a lo grande”, como suele decirse, disfrutando de la vida y sin embargo el dinero se empleaba de manera sumamente parsimoniosa: ni ropa, ni joyas, ni coches lujosos, ni juegos de azar… Solamente en dos cosas se gastaban de buen grado los siberianos su dinero: en armas y en íconos religiosos. Teníamos armas a montones, así como íconos que eran carísimos.

En todo lo demás éramos modestos. En el vestir, por ejemplo, parecíamos ir uniformados. En invierno todos llevábamos pantalones acolchados, de color negro o azul oscuro, muy cómodos y abrigados. Las chaqueras eran de dos tipos: o la clásica “fufaika” forrada que en tiempos de la Unión Soviética llevaba la mitad de la población, porque se la daban a los trabajadores, o la “tulup”, que tenía un enorme cuello de piel en el que uno podía embozarse hasta los ojos para protegerse del frío más intenso. Yo llevaba “fufaika” porque era más ligera y permitía bastante libertad de movimientos. Los zapatos eran pesados, con gottos de piel, y usábamos largos calcetines de lana para evitar congelamientos. Nos cubríamos la cabeza con gottos también de piel; yo tenía uno precioso, de armiño blanco, muy abrigado, liviana y cómodo.

En verano nos poníamos pantalones de tela normales, siempre con correa, a la usanza siberiana. La correa era  tradicional de los cazadores, para quienes suponía mucho más que un accesorio o un amuleto: cuando un cazador se perdía n el bosque o necesitaba ayuda, le ataba la correo al cuello del perro y lo mandaba a casa, y así los que veían al animal se daban cuenta de que algo pasaba.

Con los pantalones se llevaba una camisa, por  lo general blanca o gris, de cuello a caja y botones a la derecha, que se llama “kosovorotka”, “cuello torcido”. Sobre la camisa, usábamos chaquetas ligeras, grises o negras, muy bastas, de tipo militar. Y en la cabeza la mítica gorra de los criminales siberianos, que era como una insignia, llamada “de ocho triángulos”.

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Se trata de una gorra confeccionada con ocho trozos de tela cosidos de manera que forman una especie de cúpula rematada por un botón, con una pequeña visera. Ha de ser blanca o de color claro. En Rusia se la llama “kepka” y existen muchas variedades; la de ocho triángulos es la variante siberiana. La verdadera ocho triángulos de un criminal valiente y astuto debe tener la visera debidamente arqueada y con arista en la mitad, pero nunca rota. Doblarla hasta deformarla o romperla es muestra de desprecio y lo que se hace con ls gorras del enemigo.

***

 

Mi abuelo odiaba lo americano, porque, como buen criminal siberiano, se oponía a todo lo que ostentaba un poder. Cuando oía hablar de quienes emigraban a América, de los muchos judíos que en los años ochenta habían huido de la Unión Soviética, decía sorprendido:

-Pero ¿cómo pueden decir que se van a América en busca de libertad? Nuestros antepasados se refugiaron en el bosque, en Siberia, no se marcharon a América. ¿Qué sentido tiene, además, huir del régimen soviético para ir a parar al americano? Es como el pájaro que escapa de una jaula y voluntariamente se mete en otro…

Por estas razones, el Río Bajo, estaba prohibido todo lo estadounidense. Los coches americanos, que circulaban libremente por el resto de la ciudad, en nuestro barrio no podían entrar, y también estaban vedadas las prendas de vestir, los electrodomésticos y cualquier otro objeto made in USA. Esto me fastidiaba, porque me gustaban mucho los vaqueros y no podía llevarlos. También me encantaba la música americana, el blues, el rock, el heavy metal, y la escuchaba a escondidas, aunque con gran riesgo: cuando mi padre registraba mis escondites y encontraba discos y casetes de esa música se ponía hecho una fiera, me pegaba y me obligaba a romperlos delante de él y mi abuelo, y a tocar y cantar melodías rusas y canciones populares o criminales de nuestro país acompañándome por un acordeón, una hora todas las noches durante una semana, ante él y los demás miembros de la familia.

En realidad, lo que me fascinaba no era la política estadounidense, sino la música y las obras de algunos escritores. Así intenté explicárselo un día a mi abuelo Kuzia (*), por si él con su autoridad, intercedía por mí ante mi familia para que me permitiesen escuchar música y leer libros americanos sin tener que esconderme. Pero mi abuelo se quedó mirándome como decepcionado.

–Hijo, ¿sabes por qué se quema todo lo que ha pertenecido a los apestados? –me preguntó. Negué con la cabeza, aunque ya suponía adónde quería ir a parar. Exhaló un triste suspiro y concluyó–: Por el contagio, Nicolái, por el contagio.

De Educación siberiana de Nikolái Lilin, Ediciones Salamandra, 2010.

 

Nota del autor: La palabra “abuelo” tiene muchos significados en la sociedad criminal siberiana: son abuelos, naturalmente, los parientes, los padres de nuestros padres, pero se designa también así, a las máximas autoridades del mundo criminal, y en este caso se añade “santo” o “bendito”, con el que de entrada se entiende que se trata de un delincuente ilustre. También a un educador anciano se le llama abuelo, aunque seguido de su nombre o sobrenombre. Mi propio y queridísimo educador era, como se habrá deducido, el abuelo Kuzia. Desde que tengo memoria, mi padre me llevó a verlo. Era una persona muy respetada en el seno de la comunidad criminal, respeto que se había ganado en parte por su destino, lleno de padecimientos y sacrificios por el bien de todos nosotros. El abuelo Kuzia no tenía edad. Se madre había muerto siendo él muy pequeño y a su padre lo habían fusilado poco después, de modo que quienes lo adoptaron, no sabían exactamente cuántos años contaba.

 

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Urcas con soldados chechenos

Nota de la imagen: Algunos urcas mezclados con comandos chechenos

 

Gatillo fácil, un cuento oculto sobre los urcas

Mi nombre es Nicolaj Veržbickij, nací en Bender, en Moldavia (Transnistria), por aquel entonces parte de la URSS, el año 1980 después de nuestro señor. El lugar no es relevante, mis orígenes sí. Soy un urca siberiano, descendiente de los miles de hombres y mujeres que fueron deportados en los años 30 desde Siberia a Transnistria. En este momento he vuelto a nacer y me ha llevado a Italia, donde estoy hoy, sin olvidar nunca a mi gran familia y sus tradiciones. Esta es una de ellas…

Sé que no se hace, pero estoy tentado de empezar por el final.

Por aquel día que recorríamos las habitaciones de un inmueble en ruinas disparando contra el enemigo casi a bocajarro, por ejemplo.

Estábamos agotados. Los paracaidistas se relevaban, pero nosotros, los saboteadores, llevábamos tres días sin dormir. Seguíamos adelante como las olas del mar, para evitar que el enemigo descansara, maniobrara, se organizara contra nosotros; combatiendo, siempre combatiendo.

Aquel día Zapato y yo subimos al último piso para inutilizar la última ametralladora pesada y lanzamos dos bombas de mano.

En medio del polvo que caía del techo e impedía ver nos hallamos frente a cuatro enemigos que, al igual que nosotros, daban vueltas como gatitos ciegos en una nube de polvo grisáceo, sucio, que olía a escombros y humo.

Allí en Chechenia nunca había disparado tan de cerca contra nadie.

A todo esto, en la primera planta, nuestro capitán había hecho un prisionero y abatido a ocho enemigos él solo.

Zapato y yo salimos del edificio completamente aturdidos. El capitán Basov estaba ordenando a Mosca que vigilara al prisionero árabe mientras él, Cucharón y Cenit bajaban a inspeccionar el sótano.

Me senté en la escalera junto a Mosca y frente al árabe que, asustado, intentaba decir algo. Mi compañero no lo escuchaba, estaba rendido y se caía de sueño, como todos. En cuanto el capitán se dio media vuelta, Mosca sacó la pistola del chaleco, una Glock austríaca, uno de sus trofeos, y con expresión desdeñosa le pegó dos tiros, en la cabeza y el pecho.

El capitán se volvió y sin decir nada lo miró con pena.

Mosca se sentó junto al cadáver y, acometido de un repentino desfallecimiento, cerró los ojos.

El capitán se quedó mirándonos como si solo entonces nos reconociera de verdad y dijo:

—Muchachos, ya está bien. Todos a los coches, a retaguardia a descansar.

Uno tras otro, como zombis, echamos a andar hacia los vehículos. Sentía la cabeza tan cargada que, si me hubiese detenido, estoy seguro de que me habría estallado.

Dejamos el frente y volvimos a la zona que nuestra infantería tenía controlada. Nos dormimos al instante, no tuve tiempo de quitarme el chaleco ni las bolsas atadas al cinturón, caí como un muerto.

Al poco me despertó Mosca dándome en el pecho del chaleco con la culata del Kaláshnikov.

Abrí los ojos despacio, con desgana, y miré a un lado y otro; no recordaba dónde estaba ni lograba enfocar la mirada.

Mi compañero tenía cara de cansancio y masticaba un trozo de pan. Fuera estaba oscuro, era imposible saber la hora. Consulté el reloj pero no veía los números, todo parecía envuelto en niebla.

—¿Qué pasa? ¿Cuánto hemos dormido? —pregunté a Mosca con voz fatigada.

—Hemos dormido un huevo, hermano… Y creo que ahora nos tocará estar despiertos un buen rato.

Me llevé las manos a la cara, quise cobrar fuerzas para levantarme y empezar a pensar. Necesitaba dormir más, no podía con mi alma. Tenía el uniforme sucio y húmedo, el chaleco apestaba a tierra y sudor, estaba hecho un guiñapo.

—Arriba, tíos, en marcha… Que nos necesitan —dijo Mosca, tratando de despertar a los demás.

Estaban todos extenuados, no querían levantarse. Pero entre quejas y maldiciones acabaron poniéndose en pie.

El capitán Nosov se paseaba con el auricular pegado a la oreja, acompañado de un soldado que, con la radio de campo a cuestas, lo seguía como un animal doméstico. Enfadado, repetía a alguien por el auricular que era el primer descanso que nos tomábamos en tres días, que estábamos exhaustos. Fue en vano, pues de pronto, con una voz que parecía tabletear, Nosov dijo:

—¡Sí, mi coronel! ¡A sus órdenes, mi coronel!

Es decir, que nos mandaban de nuevo al frente.

No quise ni pensarlo.

Me acerqué a un bidón lleno de agua que había allí y metí las manos: estaba fresquísima y sentí un escalofrío. Hundí la cabeza y, conteniendo la respiración, la mantuve sumergida.

Abrí los ojos y lo vi todo oscuro; me asusté, saqué deprisa la cabeza y respiré hondo.

Aquella oscuridad me produjo una extraña impresión; me dije que así podía ser la muerte, algo oscuro y sin aire.

Me quedé contemplando el interior del bidón, donde vi oscilar mi reflejo mientras pensaba en lo que había sido mi vida hasta ese momento.

 

De “Educación siberiana” de Nikolái Lilin. Editorial Salamandra Año 2010. Biblioteca Viva/Plaza Egaña. Santiago-Chile.

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