La I Guerra Mundial, escrita en una servilleta (por Jean Echenoz)

  plumas estilográficas

En esta novela llamada simplemente 14, Jean Echenoz se hizo el propósito de escribir en una servilleta de bar lo que fue en Europa la Gran Guerra o Primera Guerra Mundial (1914-1918). Ya escrita, debió de ser un esfuerzo descomunal.

Tesón, inteligencia, erudición, poder de síntesis fueron los factores. La clave del éxito, sin embargo, es su escuálida longitud. Son quince capítulos, en poco más de cien páginas (98 páginas en una edición y 125 en otra). La arquitectura de la obra es genial, por su exactitud. En el relato nada sobra. El sustantivo, el adjetivo y el verbo son los justos y precisos, sin dejar de lado la frescura del texto, la originalidad del modus narrativo, la ironía y el humor negro que por momento envuelven a los personajes.

Estos (los personajes) son, al revés de lo normal, el telón de fondo sobre el cual van desfilando y exponiéndose los hechos del conflicto. Jean Echenoz explica por qué se produce la guerra del 14, las circunstancias y la manera en que las gentes de un alejado pueblo francés, en La Vandée, Región del Loira, comienzan a enterarse de que ha estallado un conflicto armado en el que su país participa. Al principio hay quienes opinan que la lucha no durará más de dos semanas, y que, quemados algunos cartuchos y lanzadas algunas bombas, todo seguirá como antes. Ya no habrá más guerra, pues.

Pero se equivocan; no resulta así y los miembros del pueblo enrolados en los distintos regimientos y batallones comienzan a ser llevados con destino desconocido para ellos. Sólo muy pocos -los más viajados- se dan cuenta de que los llevan al frente, primero en tren, luego en carros tirados por caballos y enseguida deben marchar a pie hacia el Este, donde los esperan los alemanes.

El relato, donde no sobra una palabra, tiene nombres propios. Son cinco jóvenes cuyas vidas van a tener un vuelco brutal: Pardioleau, Bossis y Arcenel, además de Charles y Anthime.  Se inician para ellos los años de martirio y locura. A través de estos personajes se conocen los movimientos de las tropas, los aprestos para empezar el combate. Se advierte un poco de ingenuidad en estos noveles soldados, que nunca han disparado un tiro, nunca han estado junto a un soldado herido y nunca han visto volar una cabeza por los efectos de la metralla.

Uno de ellos, Charles, a través de sus contactos familiares y relaciones influyentes logra que no lo manden al frente como carne de cañón, sino que ingresa como piloto a una naciente fuerza aérea francesa.

Los otros cuatro, así como el resto de los movilizados, empiezan a padecer la fatiga de las extenuantes jornadas a pie, con un invierno despiadado que se insinúa con temperaturas que hacen crujir los dientes. Comienza también a faltar la comida. Las líneas de avanzada tienen que cavar trincheras, porque el barro no permite avanzar más allá. Y lo tienen que hacer con sus dedos y uñas, porque no tienen herramientas. Esa es la guerra que no conocían y que no tiene nada de cinematográfica.

Y se les empiezan a estropear las botas. Estas han sido confeccionadas con materiales inservibles, de muy bajo costo, cosidas con hilos que no resisten las marchas forzadas, el agua, el barro, las piedras. Las suelas se desprende con facilidad; es mejor quitárselas y envolverse los pies con cartones y trozos de frazadas.

Los reclutas están decepcionados de lo que ellos pensaban era una guerra. Son capaces de vender su fusil a cambio de cualquier tipo de calzado. Este importa más que un plato de sopa caliente. Son pocos lo que se ponen de pie en las zanjas, movidos por el patriotismo. Todos esperan que la guerra termine ya,  aunque aún no ha empezado.

El tema de las botas se convierte en el centro de la noticia; es un escándalo. Esta es la segunda historia de las que nos hablaba Ricardo Piglia: una principal que corre en la superficie del relato y otra subterránea de apariciones justas y esporádicas. El Gobierno investiga a los fabricantes de calzado que han estafado al país, confeccionando zapatos y botas desechables. Los encargados del principal consorcio abastecedor que está en La Vandée son notificados y deberán presentarse ante un tribunal que juzgará su felonía. Uno de los hermanos, Anthime, que es el contable de la firma, regresa al pueblo natal con un brazo menos. El otro, el aviador, ha muerto en alguna batalla. En la fábrica, entretanto, sindican como responsables del engaño a una pareja de antiguos empleados. Se culparán a cambio de una indemnización. Los investigadores piden otras cabezas; el fraude ha sido inmenso y vergonzante. Por eso el tribunal de París pide la comparecencia de Charles y de uno de los socios importantes, un tal Monteil. El primero ya no está: ha muerto en combate y el segundo presenta excusas irredarguibles. Es un peso pesado. Entonces les corresponde poner la cara a Blanche y de Anthime. Los primos tienen que viajar y presentarse en la audiencia. Pero antes de esa comparecencia, la historia experimenta un vuelco que sólo la guerra y el talento de Echenoz son capaces de construir.

 

Jean Echenoz es uno de los escritores más aplaudidos en el presente de la literatura francesa. Tiene actualmente 71 años. Nació en 1947 en Orange. Es sociólogo y estudió ingeniería civil. También hizo periodismo colaborando en L’Humanité. Proviene de una familia aficionada a la música. Sus abuelos tocaban el piano. Él toca el contrabajo. Los libros fueron y son su pasión. En el año 1979 aparece su primer trabajo literario: Le méridien de Greenwich, donde cuenta la historia del editor Jerome Lindon. Entre sus libros más famosos está Corre, un homenaje al gran atleta checo Emil Zatopek.

14 (Panorama de narrativas)
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cuentosErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.

 

Las botas de cartón, por Jean Echenoz

Cuento oculto en su novela 14 (*)

 

Cap. XV (el último)

Es sabido lo que vino después. Durante el cuarto año de guerra, los dos meses de ofensivas de primavera supusieron un enorme sacrificio de vidas. Como la doctrina del ejército masivo exigía la reconstitución constante de grandes batallones y un rendimiento cada vez más alto por parte de los reclutas, las llamadas a quintas se sucedieron sin tregua, suponiendo una constante renovación del material y de los uniformes -entre los cuales un montón de calzado- e importantes encargos a las fábricas de aprovisionamiento, de los que se benefició sustancialmente Borne-Seze.

El ritmo y la urgencia de esos pedidos, unido a los escasos escrúpulos de los responsables de fabricación, condujeron muy pronto a la confección de borceguíes dudosos. Cada vez se utilizaba cuero de menor calidad, optando con frecuencia por el carnero de curtido rápido, menos caro pero de espesor y conservación mediocres, por decirlo así rayando en el cartón. Se sistematizó la producción de cordones de sección cuadrada, más fáciles de fabricar pero más frágiles que los de sección redonda, descuidando el acabado de los herretes. Se cicateó también en el hilo de coser y con el cobre de los ojetes, se utilizó un hierro más oxidable y del menor costo posible, al igual que con los remaches, los tacos y los clavos. En resumidas cuentas, se redujo al máximo el gasto de material, en total detrimento de la solidez y la impermeabilidad.

 

Jean Echenoz, novela 14La intendencia militar no tardó en deplorar la renovación demasiado frecuente de los borceguíes, que, anegándose y abriéndose muy rápidamente, nos aguantaban dos semanas en el lodo del frente: con demasiada frecuencia las costuras de los cantos se soltaban al cabo de tres días. El estado mayor acabó quejándose y se abrió una investigación: al inspeccionar las cuentas de los proveedores del ejército, se repasaron con lupa las de Borne-Seze, que muy pronto revelaron una distancia abismal entre el monto de los pedidos y el precio de coste de los zapatones. Cuando el descubrimiento de semejante margen produjo el consiguiente escándalo, Eugene fingió no estar en antecedentes, Monteil se dio aires de ofendido y amenazó con dimitir; al final lo resolvieron echando a la señora Prochasson y a su marido, responsable de los suministro, quienes aceptaron cargar con el mochuelo a cambio de un arreglo. Todo acabó acallándose mediante otros untos -de nuevo hubo que recurrir a los amigos de Monteil-, pero no pudo evitarse que el asunto llegara a París, donde Borne-Seze hubo de comparecer, pese a todo, ante un tribunal de comercio. Sería una actuación puramente formal, pero habría que pasar por el aro. Para representar a la empresa en la capital, como Eugene y Monteil escurreron el bulto, uno, aduciendo su edad y el otro su clientela, se designó a Blanche, quien propuso que la acompañara Anthime, y todo el mundo dio su visto bueno.

 

Así pues, Anthime, tras su retorno a la vida civil, se había habituado a la ausencia de su brazo, aunque, confusamente, vivía como si siguiera teniéndolo, como si en realidad estuviera allí, incluso le parecía verlo cuando echaba una breve ojeada al costado derecho de su busto, y tan solo regresaba a la realidad de su ausencia, cuando su mirada se embotaba. Suponiendo al principio que aquellos efectos irían atenuándose para acabar desapareciendo, no tardó en advertir que sucedía lo contrario.

Y en efecto, transcurridos unos meses, sintió renacer un brazo derecho imaginario pero de aspecto tan real como el izquierdo. La existencia de ese brazo, incluso su autonomía, se manifestó cada vez más a través de distintas sensaciones desagradables y lancinantes, ardores, contracciones, calambres o comezones -Anthime se veía obligado a contenerse en el último instante para no rascarse-, por no hablar de su viejo dolor en la muñeca, incluso la sensación del anillo de sello pesando sobre el dedo meñique, sumada a los sufrimientos suceptibles de agravarse al albur de las circunstancias: ataques de melancolía o cambios de tiempo, sobre todo cuando era húmedo y frío, como les sucede a los artríticos.

Aquel brazo ausente, en ocasiones más presente que el otro, era insistente, vigilante, socarrón como una mala conciencia y Anthime creía poder provocarle movimientos voluntarios realizando gestos insignificantes o incuestionable que nadie veía: Por ejemplo, abrigaba la total certeza de poder acordarse en un mueble, apretar el puño, controlar claramente cada dedo, llegando a intentar descolgar un teléfono o esbozar un gesto de adiós agitando o creyendo agitar la mano derecha al despedirse, lo que hacía que quienes se separaban de él, lo considerasen poco efectivo.

Como sometido por igual a las dos convicciones opuestas, Anthime era consciente al propio tiempo de aquellas anomalías, temiendo que aquello se notase y que, por compasión, nadie se atreviese a observárselo. El mismo no se atrevía a confesárselo a Padioleau, que precisamente era el único de sus allegados que no podía advertir tales trastornos. Estos, que iban a más y le complicaban la existencia, acabaron siendo demasiado invasores como para que Anthime pudiera afrontarlos en solitario, soportarlos incesantemente sin recurrir a alguien. Cuando se decidió por fin a referíselos a Blanche, ésta reconoció que los había advertido, y naturalmente animó a Anthime a consultar a Monteil.

Y así, se presentó en la consulta del médico y le explicó las cosas mostrándole con la mano izquierda la ausencia de su brazo derecho como quien señala a un testigo mudo, cómplice un tanto avergonzado por hallarse allí, mientras Monteil, con aire concentrado, contemplaba mientras lo escuchaba la ventana de su consulta, en cuyo marco nunca pasaba nada. Tras referirle Anthime su caso, Monteil dejó transcurrir un lapso de tiempo y se despachó con un pequeño discurso. Son cosas frecuentes, expuso, y aparecen en muchos relatos. Es el viejo caso del miembro fantasma. En ocasiones subsisten la conciencia y la sensación de mantener una parte del cuerpo perdida y luego desaparecen al cabo de unos meses. Pero puede suceder también, y parecía el caso de Anthime, que la prresencia de ese miembro vuelva a sumarse al cuerpo, mucho tiempo después de su pérdida.

A continuación el médico desarrolló al estilo clásico su discurso, echando mano a datos estadísticos (el miembro superior derecho es más hábil para ocho de cada diez humanos), de anécdotas históricas (el almirante Nelson, que perdió el brazo derecho en Santa Cruz de Tenerife, y que experimentó los mismos trastornos que Anthime, veía en ellos una prueba de la existencia del alma), de chistes mediocres (la  alianza se coloca en el anular de la mano izquierda, y para quitársela necesita la derecha: un problema que afecta exclusivamente a los mancos infieles), de comparaciones inquietantes (algunas personas a quienes se les ha amputado el pene han declarado erecciones y eyaculaciones fantasmas), de franqueza clínica (el origen de esos dolores es tan misterioso como el propio fenómeno), y de perspectivas semitranquilizadoras (se pasará solo, por lo general disminuye con el tiempo), semiinquietantes (también podría durarle veinticinco años, se han dado casos).

 

Por cierto. ¿Cuándo irá usted a Paris con Blanche?, concluyó Monteil. Y la semana siguiente llegaban a la gare Montparnasse, después de que Anthime se hubiera leído de cabo a rabo los periódicos en el tren. Al regresar del frente, se desinteresó por completo de los aconte-cimientos, al menos no prestó la menor atención a la prensa -aunque la hojeaba a veces como quien no quiere la cosa-, en cambio allí, en el compartimento del tren le pidió los diarios a Balnche y se abismó en la actualidad de la época: la guerra por encima de todo. Corría ya el cuarto años, después de la batalla especialmente mortífera de Le Chemin des Dames, la situación rusa que sugería cosas a los hombres y los primeros amotinamientos. Anthime lo leyó con mucha atención.

 

Blanche había reservado dos habitaciones en la otra punta de París, en un hotel regentado por unos primos, y tomaron un taxi en Montparnasse. Al pasar el coche por la gare de l’Est, divisaron grupos de soldados de permiso que se cruzaban, y que volvían de la guerra o regresaban de ella. Aquellos hombres parecían alborotados, tal vez borrachos pero vehementes, airados, entonando cánticos que no se entendían. Anthime pidió al taxista que detuviera un instante el automóvil, se apeó para acercarse al gran vestíbulo de la estación y se quedó un rato observando aquellos grupos. Algunos de ellos cantaban desentonados canciones sediciosas, entre las cuales Anthime reconoció “La Internacional” que se inicia marcialmente con un intervalo de cuarta ascendente como numerosos himnos y cantos guerreros, patrióticos o guerrilleros. Su rostro inmóvil permaneció inexpresivo, todo el cuerpo inmóvil, mientras alzaba el puño derecho por solidaridad, pero nadie le vio hacer el gesto.

Al llegar al hotel, los primos les indicaron sus habitaciones, que quedaban una frente a otra. Dejaron el equipaje, se peinaron, se lavaron las manos y salieron a dar una vuelta antes de cenar. Después cuando se retiraron a sus habitaciones, todo hacía suponer que cada cual dormiría por su lado, salvo que Anthime despertó a mitad de noche. Se levantó, atravesó el pasillo, abrió la puerta de enfrente y se dirigió en la oscuridad hacia la cama de Blanche, que tampoco dormía. Se acostó junto a ella, la abrazó, la penetró y la inseminó. El otoño siguiente, precisamente en el transcurso de la batalla de Mons, que fue la última, nació un varón al que llamaron Charles.

 

Nota: Para ser un cuento oculto debe haber una historia incrustada en el texto principal, pero con vida propia, es decir, que se pueda extraer del cuerpo principal de la narración y poder situarla sobre su propio pedestal.

Ernesto Bustos Garrido

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