Las redundancias. ¿Qué son, por qué se escriben y cómo combatirlas?

Las redundancias son, por decirlo sin rodeos, una de las mejores fórmulas –junto con las faltas de ortografía y la mala puntuación, entre otras– de acabar con la paciencia del lector.

No parece que nadie aprecie demasiado a esos narradores compulsivos con los que coincidimos tan a menudo en el autobús, el avión o en un vagón del tren, esos que te secuestran con su charla repetitiva y caótica y te exigen atenta escucha y una exquisita educación (para no mandarlos al carajo, que está feo). Y, sin embargo, muchas de las personas que rehúyen de esos monólogos cansinos caen ellas mismas, cuando redactan un texto, en el vicio de las redundancias. ¿Por qué lo hacen? En la mayoría de los casos, porque ni siquiera son conscientes de ello.

Definición de la redundancia

Creo que ya os habréis hecho una idea de lo que es una redundancia, pero si necesitáis una definición más académica, diré que la redundancia procede de la voz latina redundantia y es, por decirlo en corto, la repetición de la información. De las tres acepciones que da el DRAE a la voz redundancia, la más completa, en mi opinión, es la tercera: “Cierta repetición de la información contenida en un mensaje, que permite, a pesar de la pérdida de una parte de este, reconstruir su contenido”.

Es lo malo de la redundancia: que está de más. Si eliminamos las partes redundantes, la información global, el mensaje, la idea o el relato de los hechos que queremos comunicar siguen teniendo sentido. Así pues, ¿para qué sirve repetir la información? Como dije al principio, para colmar la paciencia del lector. Aunque sea involuntariamente.

Por qué escribimos redundancias

No he hecho un estudio exhaustivo sobre el asunto, pero ahora mismo se me ocurren varios motivos:

1 Por falta de habilidad a la hora de redactar

Muchas personas no son conscientes de su propensión a la redundancia. Su forma de comunicarse es proclive a la redundancia, pero ellos no lo perciben así. Si no dan con buenos lectores amigos, con un profesor de taller literario o con un aguafiestas como el que esto escribe, si no dan con una persona informada que les oriente, digo, la solución a su problema con las redundancias será difícil.

2 Porque el autor piensa que debe ser insistente para que los lectores entiendan perfectamente su mensaje

Esto es muy habitual: despreciar la inteligencia del lector. Lo hacen muchos autores: achicharrar a sus lectores con redundancias por miedo a que estos no hayan entendido su mensaje. Pero el lector no es tonto (al menos en muchos casos). Si el mensaje no se entiende, posiblemente no sea culpa del lector sino del redactor, que no ha sabido exponer sus ideas con claridad y concisión.

Nota: los puntos 1 y 2 suelen estar estrechamente relacionados.

3 Por voluntad de estilo

No es algo muy común. No obstante, a ciertos escritores les gusta repetir ciertas ideas, y no lo hacen por desconocimiento sino por vocación de estilo. Se descubre fácilmente cuándo es por voluntad de estilo, porque, al margen de las redundancias, los textos han sido redactados con pulcritud lingüística. En los casos 1 y 2 los autores, además de redundantes, suelen exhibir otros errores de redacción.

Hablando de voluntad de estilo, al escritor Juan José Millás, por ejemplo, le gusta mucho repetir en sus novelas ciertas frases brillantes. Algo, por cierto, que a mí me pone bastante nervioso: una frase deja de ser brillante cuando la repites en varias ocasiones. Como dice mi padre: “Lo poquito agrada y lo mucho enfada”. Hagamos caso de la cultura popular.

 

Las redundancias no siempre son involuntarias

A veces se escriben fragmentos redundantes no por voluntad de estilo ni por desconocimiento. Me refiero a esos casos en los que los redactores que publican sus textos en Internet insisten, siguiendo una estrategia SEO, en repetir cierta información compulsivamente, tratando de esta manera de que los buscadores (Google sobre todo) los indexe y prime su artículo en la primera página.

Supongo que sabéis de qué hablo. A lo mejor estáis buscando información sobre batidoras, porque queréis comprar una, y os topáis con un artículo demoledor (demuele vuestra paciencia, quiero decir) en el que una idea concreta sobre estos aparatos se repite con insistencia. Eso es porque el autor se ha quedado sin combustible, es decir, no dispone de más información valiosa, y de ahí que repita ciertas palabras clave que quiere posicionar en Google una y otra vez. Para que nos entendamos: esos redactores (no muy buenos, todo sea dicho) escriben no para las personas sino para los motores de búsqueda. Esta práctica no es buena del todo, creo, porque hasta donde yo sé los algoritmos de los motores de búsqueda no compran batidoras.

 

Cómo evitar las redundancias

Con las redundancias, como con las enfermedades, hay que seguir dos pasos: primero hay que diagnosticarlas y luego combatirlas.

¿Cómo evitar las redundancias una vez detectadas? Pues es relativamente fácil: solo hay que revisar lo ya escrito con espíritu crítico. (Ahora  que lo pienso, no es tan sencillo). Este es mi consejo: lee el texto una vez y señala, por ejemplo en rojo, aquellos fragmentos que a priori te resulten redundantes. En una segunda lectura céntrate en ellos y decide si puedes eliminarlos (o al menos aliviarlos) sin que el mensaje se resienta. Una vez hayas podado la información redundante, lee el texto de nuevo y analiza si se entiende bien. Es muy aconsejable dárselo a leer a otra persona, para que te dé su opinión.

Nota: ten en cuenta que en la información redundante se repiten ciertas palabras. Haz una búsqueda de esas palabras en tu archivo de texto para tenerlas localizadas. Si te salen más batidoras de la cuenta, posiblemente tu texto sea redundante.

Y esta ha sido mi breve y –espero– sintética aportación sobre las redundancias. Si mi texto te ha parecido condensado y nada redundante, por favor, compártelo. Gracias por leer Escribir y Corregir.

Francisco Rodríguez Criado es escritor, corrector de estilo y editor de blogs de literatura y corrección lingüística.

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