Relato corto de humor negro de Roland Topor

Roland Topor (1938- 1967) fue una de las figuras más insignes del humor negro, un concepto acuñado por André Breton en 1939.

Dibujante, escritor, ilustrador, pintor, cineasta… Sus propuestas artísticas, marcadas por el surrealismo, no pasaban indiferentes. Junto a Alejandro Jodorowsky y Fernando Arrabal creó el Grupo Pánico, que defendía la locura controlada como ejercicio de supervivencia. Suya es la novela El quimérico inquilino, que Roman Polanski llevó al cine.

Os ofrezco un cuento de humor negro de Topor: Los alimentos espirituales, que trata la pulsión por la lectura. Esta historia da título al libro que publicó la revista satírica La Codorniz, posiblemente muy difícil de adquirir hoy.

En cualquier caso, si queréis indagar en la obra de Roland Topor, son fáciles de encontrar libros (en castellano) como El quimérico inquilino o Acostarse con la reina y otros relatos.

 

Relato corto de humor negro de Roland Topor: Los alimentos espirituales

Con los ojos muy abiertos en la oscuridad, el niño escuchaba. Penosamente liberó sus piernas sudorosas de la trampa de las sábanas. Escuchó todavía, después saltó de la cama. Su gran cabeza de idiota oscilaba sobre su delgado cuello mientras se deslizaba furtivamente hacia la puerta. Con dificultad, agarrándose a los barrotes de la barandilla, bajó la escalera. En el vestíbulo se sintió angustiado, pero la extraña necesidad que sentía fue más fuerte. Se dirigió hacia la biblioteca.

Allí le descubrieron de madrugada los vigilantes, dormido en un sillón, con un gran libro abierto sobre las rodillas: La crítica de la razón pura, antes de enfrascarse en las obras completas de Leibniz.

Un apretado cuestionario, seguido de una serie de tests, demostraron no solamente que el idiota no retenía nada de lo que leía, sino que sus facultades mentales estaban disminuyendo. Y él leía, leía…

Se tragó toda la biblioteca. La cabeza le dolía.

Decidieron operarle.

–Van ustedes a ver –bromeó el médico del Centro, que iba a ayudar al cirujano, mientras éste se preparaba para practicar la trepanación–. ¡Todos los libros van a saltarnos a la cara!

Pero no salió ningún libro. Solamente una larga cintura blancuzca que se retorcía ahora sobre el suelo de la sala de operaciones.

–¡Dios mío! –dijo el cirujano enjugándose la frente–. ¡Un gusano del cerebro! ¡Es la primera vez que veo una cosa así!

Pasaron los días, después las semanas. El niño parecía curado. Una noche volvió a la biblioteca. Y su hambre de lectura le acometió de nuevo.

Cuando el médico del Centro comprendió, movió la cabeza:

–Hay que volver a operar. La cabeza del gusano se quedó dentro.

El quimérico Polanski, por Francisco Rodríguez Criado


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