Relato corto de Leonid Andréiev

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Leonid Nikoláievich Andréiev, nacido en Oriol el 9 de agosto (juliano) / 21 de agosto de 1871 (gregoriano) – fallecido en Mustamäki, Finlandia, 12 de septiembre de 1919, fue un escritor y dramaturgo ruso que lideró el movimiento del Expresionismo en la literatura de su país. Estuvo activo en la época entre la Revolución de 1905 y la Revolución de Octubre de 1917, que finalmente destronó al gobierno zarista.

La novela Los siete ahorcados , donde está este relato, fue escrita en 1908 y dedicado a Tolstoi . Se dice que el autor pretendió señalar el horror y la iniquidad de la pena capital, bajo cualquier circunstancia. Pero quizá Andréiev  alcance un logro mucho mayor: penetrar con maestría y sencillez en el interior de cada una de las tragedias de siete revolucionarios condenados a morir, llevando sin concesiones al lector a una revelación, a un estado de alumbramiento que sólo ofrecen las mejores obras de arte.

Este relato está escrito en varios planos a partir de un narrador omnipresente que se introduce bajo la piel del protagonista y con un escalpelo va separando capa por capa los miedos, y por momentos, el terror de este personaje a quien le anuncian que se ha preparado un atentado en contra suya. Repentinamente, el dignatario, tal vez con un pasado reciente de crímenes y abusos, sospecha que le van a pasar la cuenta por los horrores cometidos. Primero se inquieta, luego lo descarta, pero la noche anterior el atentado lo atrapan los miedos, y entonces su cuerpo y su mente se desdoblan entre lo que puede suceder y lo que no debe ocurrir. A medida que el terror lo inunda, advierte que los conspiradores están dentro de un entorno más cercano. Duda de todos, y con rabia, los insulta y los trata de idiotas. El cuarto donde se ha recluido por seguridad se llena de fantasmas; escucha su propia voz en su cabeza y en todos los rincones de la habitación. Está al borde de la locura, mientras su cuerpo se sigue deformando a causa de una dolencia grave a sus riñones. Se hincha de manos, de pies, de rostro; su cerebro ya no cabe adentro de su cráneo. Ya ni él mismo se reconoce; no puede dormir, mientras el reloj con manecillas de oro que está en la pieza avanza inexorable. Le anunciaron que el bombazo será a la una de la tarde. Le han asegurado, al mismo tiempo, que los asesinos están identificados y que antes de hacer explotar la bomba serán atrapados, que él no morirá.

La obra de Andréiev, llena de visiones oscuras, sensuales y horribles, genuina exploración de los aspectos más oscuros de la existencia humana, profecía alucinada de cataclismos inminentes, prefigura la mejor literatura del siglo XX y que llega hasta nosotros luminosa e intacta.

El final es inesperado e incierto. Algo ocurre con la bomba, y su guardia hace venir a su esposa porque es importante y necesario.

“A la una de la tarde, su Excelencia” es un cuento primoroso, una pequeña obra maestra del talento de los escritores rusos.


cuentosErnesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.


Relato corto de Leonid Andréiev: A la una de la tarde, su Excelencia

(Cuento incluido en la novela Los siete ahorcados)

 

Dedicado a L. N. Tolstoi

Como el ministro era un hombre enormemente obeso con tendencia a la apoplejía, cuando le fueron a advertir de que se preparaba un grave atentado contra su persona, se tomaron todas las precauciones posibles para evitar que le diera un ataque. Al ver que el ministro recibía la noticia con tranquilidad e incluso con una sonrisa, le informaron de los detalles. El atentado tendría lugar al día siguiente por la mañana. A la una, cuando saliera a presentar el informe, varios terroristas, que ya habían sido delatados por un infiltrado y que ahora se encontraban bajo la infatigable vigilancia de la policía secreta, se reunirían con bombas y revólveres junto a la entrada de la casa y esperarían a que saliera. Ahí es donde los atraparían.

—Esperen —se sorprendió el ministro—, ¿cómo es que saben que tengo que salir a la una de la tarde a presentar el informe cuando yo mismo tan sólo lo supe hace tres días?

El jefe de la guardia abrió los brazos de forma indefinida.

—A la una en punto, su excelencia.

A medio camino entre el asombro y el beneplácito ante la actuación de la policía, que tan bien había organizado todo, el ministro meció la cabeza, sonrió sombrío con sus oscuros labios carnosos y con esa misma sonrisa, humildemente, sin querer molestar más a la policía, hizo la maleta y se fue a pasar la noche al hospitalario palacio de otra persona.

Su mujer y sus dos hijos fueron sacados igualmente de la peligrosa casa a cuyo alrededor se reunirían al día siguiente los lanzadores de bombas.

Mientras, en el nuevo palacio las luces se mantuvieron encendidas y los rostros, afables y conocidos, se inclinaban, sonreían y se indignaban, el dignatario experimentó un agradable sentimiento de agitación, como si ya le hubieran otorgado o le fueran a otorgar un importante e inesperado galardón.

Pero la gente se fue, las luces se apagaron y la transparente luz de las farolas eléctricas, como un encaje, se posó, atravesando los cristales sobre el techo y las paredes, totalmente ajenas a la casa con sus cuadros, sus estatuas y su silencio, y al entrar de la calle, también silenciosa, indefinida, despertó la alarma sobre la inutilidad de las cerraduras, la guardia y las paredes. Y en ese momento, de noche, en el silencio y la soledad de un dormitorio ajeno, el dignatario comenzó a experimentar un terror insoportable.

Padecía de los riñones y siempre que se agitaba se llenaban de agua y se le hinchaba la cara, las piernas y las manos, lo que hacía que pareciera todavía más grueso, más gordo, más voluminoso. Y ahora, como si fuera una montaña de carne hinchada que se elevaba sobre los comprimidos muelles de la cama, se palpaba con tristeza de enfermo la cara abotargada, como si fuera de otro y obsesivamente pensaba en el cruel destino que le habían preparado. Recordó, uno tras otro, todos los terribles casos en los que habían lanzado bombas a gente de su posición, e incluso con cargos más altos, y cómo las bombas habían despedazado en trocitos el cuerpo, habían esparcido pedacitos de cerebro por las sucias paredes de ladrillo, habían arrancado los dientes de las encías. Y ante estos recuerdos su propio cuerpo, gordo y enfermo, extendido sobre la cama, le pareció todavía más ajeno. Sintió la ardiente fuerza de la explosión, y le pareció como si los brazos y las piernas se le separaran del tronco, se le cayeran los dientes, el cerebro se fragmentara en pedazos, las piernas se entumecieran y quedaran tendidas en el suelo, sumisas, con los dedos hacia arriba como las de los difuntos. Se agitó con más intensidad, respiró sonoramente, tosió para parecerse lo menos posible a un cadáver, se rodeó del vivo sonido de los estridentes muelles, de la manta susurrante. Y para demostrar que estaba completamente vivo, que no se había muerto ni un poquito y que estaba lejos de la muerte, como cualquier otra persona, con voz de bajo pero en voz alta y de forma entrecortada dijo en el silencio y la soledad de la habitación:

—¡Bravo, chicos! ¡Muy bien, muy bien!

Elogiaba así al servicio secreto, a la policía y a los soldados, a todos aquellos que protegían su vida y que tan a tiempo y con tanta pericia se habían anticipado al asesinato. Pero por más que se agitaba, elogiaba o esbozaba una forzada sonrisa de lado para burlarse de los estúpidos y desdichados terroristas, no acababa de creerse salvado del todo, de creer que la vida no se le iría de pronto, en un santiamén. Parecía como si la muerte que otros habían pensado para él y que se encontraba únicamente en sus pensamientos, en sus intenciones, ya se encontrara ahí dispuesta a quedarse y que no se fuera a ir hasta que no los atraparan, hasta que no les arrebataran las bombas y no los encerraran en una sólida cárcel. Ahí se había quedado en ese rincón y no se iba, no podía irse, como un obediente soldado a quien la voluntad y las órdenes de otra persona habían apostado de guardia.

«¡A la una de la tarde, su excelencia!».

La frase resonaba, modulándose en todo tipo de voces: alegre y burlona, enfadada, obstinada o inexpresiva. Pareciera que hubieran colocado en el dormitorio un centenar de gramófonos ocultos y que todos ellos, uno tras otro, con la estúpida aplicación de las máquinas, gritaran las palabras que les habían ordenado: «¡A la una de la tarde, su excelencia!».

Y esa hora del día de mañana, que hasta hace tan poco no se diferenciaba en nada de las demás, que era tan sólo un tranquilo movimiento de las manecillas por la esfera del reloj de oro, se había convertido de pronto en algo siniestramente contundente, había saltado del reloj y había adquirido vida propia, se extendía como una enorme y negra columna que partía toda su vida en dos mitades. Como si hasta que ella llegara o después de ella no existieran las demás horas y sólo ella, insolente, presuntuosa, tuviera derecho a una existencia propia.

—Pero ¿qué es lo que quieres? —preguntaba enfadado, entre dientes el ministro.

Los gramófonos gritaban:

—¡A la una de la tarde, su excelencia! —y la negra columna se sonreía y saludaba.

El ministro rechinó los dientes, se incorporó en la cama y se sentó, sujetándose el rostro entre las manos. Era evidente que esta abominable noche no podría dormir.

Y con una claridad pasmosa, apretándose el rostro con sus hinchadas y rollizas manos, se imaginó cómo se levantaba a la mañana siguiente, sin saber nada, cómo después bebía su café, sin saber nada, y se vestía en la antecámara. Y ni él ni el portero que le acercaba su abrigo, ni el criado que le traía el café, sabían que no tenía ningún sentido beber el café, ponerse el abrigo, cuando en tan sólo unos instantes todo: el abrigo, su cuerpo y el café que había dentro de él, quedaría destruido por una explosión, y se lo llevaría la muerte. Ahí iba el portero a abrir la puerta acristalada… y es él, el agradable, bondadoso y amable portero con ojos de soldado azules y todo el pecho repleto de medallas, quien abre con su propia mano la terrible puerta, la abre porque no sabe nada. Todos sonríen porque no saben nada.

 

—¡Oh! —dijo de pronto en voz alta y retiró lentamente las manos de la cara.

Y, con esa misma lentitud, mirando en la lejanía de la oscuridad que había frente a él, con una mirada fija y tensa, extendió la mano, palpó el interruptor y encendió la luz. Después se levantó y sin calzarse las zapatillas, con los pies desnudos sobre la alfombra cruzó el dormitorio ajeno, encontró el interruptor de la lámpara de la pared y lo encendió.

Todo quedó agradablemente iluminado, tan sólo la cama revuelta con la manta caída en el suelo indicaba el horror que había tenido lugar hacía tan poco.

En ropa de cama, con la barba despeinada por el inquieto ajetreo, con la mirada enojada, el dignatario se parecía a un anciano cualquiera enfadado, con insomnio y una pesada disnea. La muerte que le habían preparado parecía haberle desnudado, haberle despojado del lujo y el imponente esplendor que le rodeaba.

Costaba creer que tuviera tanto poder, que ese cuerpo suyo, tan corriente, un sencillo cuerpo humano, tuviera que morir tan terriblemente entre el fuego y el estruendo de una espantosa explosión.

Sin taparse y sin sentir el frío se sentó en el primer sofá que vio, apuntaló su despeinada barba sobre la mano y concentrado, en una profunda y tranquila meditación, detuvo los ojos en las molduras del desconocido techo.

¡Eso era lo que pasaba! ¡Ésa era la razón por la que se había acobardado y estaba tan agitado! ¡Por eso está en el rincón y no se iba ni podía irse!

—¡Idiotas! —dijo firme y con desprecio.

—¡Idiotas! —repitió más fuerte girando un poco la cabeza hacia la puerta para que lo oyeran aquéllos a los que iba dirigido. E iba dirigido a aquellos mismos que hacía poco había llamado buenos chicos y que, en un exceso de celo, le habían contado los detalles del atentado que se planeaba.

—Claro —meditó de pronto con la mente fortalecida y más ligera—, esa hora, una vez que me lo han contado y que lo sé, que tengo miedo, si no, no sabría nada y me hubiera bebido mi café tranquilamente. Después por supuesto estaría esa muerte, ¿pero acaso temo a la muerte? Estoy enfermo de los riñones y en algún momento me moriré, pero no tengo miedo porque no sé nada. Y estos idiotas me dicen: «A la una de la tarde, su excelencia». Y pensaban, los idiotas, que me iba a alegrar y en lugar de eso, ella se ha apostado en un rincón y no se va. No se va porque es un pensamiento mío. Y lo terrible no es la muerte, sino conocerla, y sería imposible vivir si el hombre pudiera saber, con precisión y certeza, el día y la hora de su muerte.

Pero van estos idiotas y me advierten: «A la una de la tarde, su excelencia». Se sintió tan ligero y tan bien como si alguien le hubiera dicho que era inmortal y que no se moriría nunca. Y sintiéndose de nuevo fuerte e inteligente entre el rebaño de idiotas que tan inconsciente y burdamente se adentraban en el misterio del futuro, se quedó meditando profundamente sobre la felicidad de la ignorancia con los graves pensamientos de un hombre anciano, enfermo y que ha sufrido mucho en la vida. Ningún ser vivo, ni el hombre, ni los animales debería saber el día de su muerte. Hace poco estuvo enfermo y los médicos le habían dicho que moriría, que debía arreglar sus asuntos, pero él no les creyó y la verdad es que seguía vivo. En su juventud se había visto envuelto en un escándalo y había decidido suicidarse, preparó el revólver y escribió una carta e incluso decidió la hora del suicidio, pero justo antes del final se lo pensó dos veces. Siempre puede cambiar algo en el último instante, puede aparecer algo inesperado y por eso nadie puede decir cuándo va a morir.

«A la una de la tarde, su excelencia», le habían dicho esos amables asnos, y aunque lo habían dicho únicamente porque se había podido prevenir la muerte, el solo conocimiento de la posible hora le llenaba de terror.

Era perfectamente posible que le mataran, pero no sucedería mañana y podía dormir tranquilo como si fuera inmortal. Idiotas, no sabían qué grandiosa ley habían violado, qué agujero habían abierto cuando le habían dicho con su amable idiotez: «A la una de la tarde, su excelencia».

—No, a la una de la tarde no, su excelencia, sino que no se sabe cuándo.

—No se sabe cuándo. ¿Qué?

—Nada —respondió el silencio

—Nada.

—No, has dicho algo.

—Nada, son tonterías. Digo que «a la una de la tarde».

Y con una súbita y aguda tristeza en el corazón comprendió que no podría dormir, que no tendría descanso ni alegría hasta que no pasara esa maldita y oscura hora arrancada al reloj. En el rincón tan sólo se agazapaba la sombra del conocimiento de aquello que no debía saber ningún ser vivo y era suficiente para ocultar la luz y para provocar en el hombre la tenebrosa sombra del pánico. Una vez despertado el miedo a la muerte, éste se extendió por todo el cuerpo, caló en los huesos, sacó su blanca cabeza por cada poro del cuerpo.

Ya no temía a los asesinos de mañana; habían desaparecido, estaban olvidados, se habían confundido con la multitud de rostros y acontecimientos hostiles que rodeaban su existencia humana. Temía a algo repentino e inevitable: un ataque de apoplejía, un infarto, que alguna estúpida y diminuta aorta que de pronto no pudiera aguantar la presión sanguínea explotara, como un apretado guante estirado sobre unos dedos rollizos.

Y el cuello corto, obeso tenía un aspecto terrible y era insoportable contemplar sus dedos sebosos, sentir lo cortos que eran y lo repletos que estaban de una humedad mortal. Y si anteriormente en la oscuridad tuvo la necesidad de agitarse para no parecerse a un muerto, ahora, bajo esa luz brillante, terrible y hostilmente fría, le resultaba horrible, imposible moverse para alcanzar siquiera un cigarrillo o llamar a alguien. Los nervios se tensaron. Y cada nervio parecía un encabritado cable curvo, en cuyo extremo, una pequeña cabeza con ojos desencajados por la locura y el terror, abría febrilmente una boca asfixiada y muda. No había aire para respirar.

Y de pronto en la oscuridad, entre el polvo y las telarañas, en algún sitio bajo el techo sonó un timbre eléctrico. El pequeño badajo metálico golpeó compulsivo, aterrado, el borde de la campana; después se calló y de nuevo comenzó a agitarse con un sonido y un terror continuo. Su excelencia llamaba desde su habitación.

Corrieron a su habitación. Aquí y allá entre las sombras de las paredes se encendieron lámparas, daban poca luz, pero la suficiente para que surgieran sombras. Éstas aparecieron por todos sitios: se alzaron en los rincones, se extendieron por el techo, agarrándose agitadas a todas las alturas, se tumbaron las paredes. Costaba entender dónde se encontraban hacía tan sólo un momento esas incontables, monstruosas y calladas sombras, almas y objetos sin ojos. Una voz vibrante y espesa dijo algo en voz alta. Después pidieron un doctor por teléfono: el dignatario se encontraba mal. Llamaron también a la esposa de su excelencia.

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