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Relato corto de Manuel J. Prieto: Bajo el árbol

Hoy leemos un relato corto de Manuel J. Prieto. Nos adentramos en un parque que representa gran parte de la historia personal de uno de los personajes: un anciano que es sorprendido por el guardia de vigilancia mientras se entrega a picar, armado de pico y pala, en el suelo, justo alrededor de un árbol.

Manuel J. Prieto gestiona el blog Curistorias, donde recoge curiosidades sobre la Historia. Algunas selecciones de estos pasajes han sido recopilados en sus libros Curistoria, curiosidades y anécdotas de la historia (Didaska), Curistorias 2 (versión Kindle) y Curistorias de la Segunda Guerra Mundial (Punto de Vista, 2013).

 

Cuento corto de Manuel J. Prieto: Bajo el árbol

Bajo la fina lluvia que llevaba varios días regando la ciudad, el anciano caminó con paso firme por el parque hacia el árbol, con la oscuridad ya acechando el final de la tarde. Una vez bajo sus ramas, dejó el pico y la pala en el suelo para quitarse el abrigo mojado y tras escurrirse el pelo pasándose la palma de la mano de la frente hasta la nuca, comenzó a picar el suelo. La tierra mojada hacía el trabajo más sencillo, aunque no tuvo tiempo de cansarse, ya que después de unos pocos golpes apareció corriendo el guarda del parque, que entre la lluvia y la hora, estaba ya vacío.

–¿Qué demonios hace usted? ¿Está loco?

El anciano se irguió, se apoyó en el pico y esperó a que el otro estuviera a su lado.

–No se alarme, que no voy a tirar el árbol ni estropear el parque.

–Ya lo está haciendo. ¿Quiere que llame a la policía?

–No será necesario. Déjeme que le explique.

Y entonces le contó que aquel había sido su árbol durante años. De él y de su esposa. En su primera cita se habían sentado en un banco que había allí mismo y que quitaron más tarde. Desde aquel día siempre había sido su lugar especial: allí él le pidió matrimonio, allí le dijo ella que iban a ser padres y allí pasaron tantas y tantas tardes mirándose y hablando. Ahora, le contó el anciano, ahora ella está muerta.

–Y una vez le prometí –siguió contando mientras el otro escuchaba atónito– que bajo este árbol descansaríamos los dos por los siglos de los siglos. Cierto es que lo dije sin mucha fe y casi sin pensarlo, pero ahora, como usted comprenderá, no puedo fallarle en nada, ni siquiera en eso.

–¿Qué quiere decir? –preguntó el guarda temiendo la respuesta.

–Pues que mi mujer está, de cuerpo presente, en el maletero de mi coche ahí, en la puerta del parque, y que voy a enterrarla aquí.

El guarda se echó las manos a la cabeza y comenzó a dar vueltas trazando pequeños ochos sobre la hierba, murmurando lo loco que estaba el viejo y preguntándose, en voz más alta, por qué todo le tenía que pasar a él. El anciano, impasible, prosiguió explicando.

–Voy a cavar aquí un hoyo para ella, no le estropearé el parque. Es más, será hasta bueno para la hierba, supongo –comentó el vejete no exento de cierto humor negro–. Además, cuente usted que aquí ha de haber dos tumbas. Y mire, ya que le tengo a mano…

El guarda se quedó quieto y abrió los ojos tanto que estos podrían habérsele caído al suelo.

–Si le parece, yo entierro a mi difunta esposa, que no le quiero hacer trabajar a usted. Luego cavaré otro hoyo para mí, usted me mata y me entierra; y aquí no ha pasado nada.

–¿Pero usted está loco? A ver, ¿cómo es posible que tenga a su mujer en el maletero? Eso es de locos.

–Pues verá –siguió tranquilo el otro–, murió ayer, y hoy le he pagado a los de la funeraria para que me entregaran el cuerpo después del paripé del crematorio. ¿Es eso? Claro, dinero. Querrá que le pague. No se preocupe, le pagaré lo que quiera por ayudarme. Y si le da reparo matarme, yo mismo me mato.

–¡Cristo!¡Cristo!¡Cristo! ¡Es que ya no cabe un loco más en esta ciudad y encima todos me tocan a mí! ¡Cómo voy a matarle! ¡Cómo voy a ayudarle en todo este sinsentido! Ahora mismo llamo a la policía.

–Hombre, dese usted cuenta de que si hace eso me impide cumplir mi promesa. Si soy un viejo, haga el favor. Si llama a la policía yo acabaré en un asilo o en la casa de locos y mi mujer no será enterrada debajo de este árbol. No me fastidie usted, que sólo soy un viejo y para lo que me queda…

–¡Que yo no le ayudo a nada, hombre! Voy a llamar a la policía ahora mismo –dijo el guarda mientas partía a paso ligero camino de su caseta, donde tenía el teléfono móvil, dispuesto a llamar al 091.

El anciano salió detrás de él rogándole que reconsiderara su postura, aún con el pico en la mano, diciéndole que no era aquello un asesinato y que todo era fruto del amor. Nada malo podría salir del amor. Le gritaba, a medida que la distancia entre ambos crecía, diciéndole que le daría todo el dinero que tenía. Viendo que no había respuesta, le dijo, ya casi sin verlo en la oscuridad, que se fuera para casa, que ya era tarde, que le dejara hacer los hoyos y que ya buscaría él a alguien que se ocupara de enterrarlo cuando hubiera hecho lo propio con su esposa. Bastaba con que se fuera para casa y se olvidara del tema.

El anciano no era capaz de mantener el ritmo de las piernas del otro y cuando le alcanzó ya tenía el teléfono en la mano y estaba marcando. De repente, la lluvia arreció y pasó de un chirimiri a una cortina, que al caer sobre el tejado de la caseta del guarda, donde ya estaban los dos, hacía que no se oyeran allí dentro, por más que gritaran.

A la mañana siguiente, con sol y el cielo despejado después de varios días de agua, bajo el árbol del parque, el testigo del amor entre aquel hombre y aquella mujer, había tres tumbas, aunque nadie pudiera verlas ni distinguirlas del resto del terreno.

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