Relato corto sobre boxeo de Dashiell Hammet: El guardián de su hermano

plumas estilográficas

Dashiell Hammet (1894-1961) fue un exitoso escritor estadounidense especializado en la novela corta, los cuentos y los guiones cinematográficos. Es famoso por ser el padre personajes tan reconocibles como el detective Sam Spade, de El halcón maltés, protagonizado por Humprhey Bogart en la película homónima.

Es autor de novelas como La llave de cristal, El hombre delgado y la ya citada El halcón maltés. Publicó también varios libros de cuentos, muchos de ellos reunidos en la colección El gran golpe.

El relato corto que hoy ofrecemos, “El guardián de su hermano”, narra la relación entre dos hermanos que se mueven en el ámbito del boxeo. El pequeño de ellos está en los inicios de su carrera pugilística, asesorado por su hermano mayor, un tipo carismático y de vida disipada, que hace las veces de entrenador.


Esta historia sobre boxeo fue publicada por primera vez en 1934 en Collier’s Weekly, con el título “His brothers’s keeper”.

 

Relato corto sobre boxeo de Dashiell Hammet: El guardián de su hermano

Sé que muchos hablaban mal de Loney, pero conmigo siempre fue fabuloso. Desde que tengo memoria fue fabuloso, y supongo que me habría caído tan bien si hubiese sido cualquiera en lugar de mi hermano. De todos modos, me alegro de que no fuera cualquiera.

No se parecía a mí. Era delgado y, lo vistieras como lo vistieses, parecía un señor, aunque siempre llevara ropa elegante y fuera de punta en blanco, incluso cuando paraba en casa. Tenía el pelo liso, los dientes más blancos que he visto en mi vida y dedos largos, delgados y limpios. Se parecía al recuerdo de mi padre, pero más apuesto. Yo era más parecido a la familia de mamá, a los Malone, lo que resultaba gracioso, porque Loney fue bautizado en honor de ellos: Malone Bolan. Era más listo que el hambre. Era inútil tratar de engañarlo, y quizá por ese motivo algunos no lo querían, cosa que a Pete González le costaba un huevo encajar.

A veces me preocupaba que Pete González le tuviera tirria a Loney, porque también era un tío de primera y no le hacía un feo a nadie. Tenía dos boxeadores y un luchador conocido como Kilchak y siempre los mandaba a hacer las cosas lo mejor posible, lo mismo que Loney hacía conmigo. Era el mejor apoderado de la comarca, y muchos decían que no existía otro que lo superara, por lo que me gustaba que quisiera dirigirme, aunque yo no lo expresara en voz alta.

Aquella tarde estaba en el pasillo, a punto de salir del gimnasio de Tubby White, cuando me topé con Pete González, que dijo:

–Hola, Kid, ¿cómo van las cosas? –se acercó el cigarro a la comisura de los labios para pronunciar esas palabras.

–Hola. Todo va bien.

Me miró de arriba abajo y bizqueó a causa del humo.

–¿Ganarás el sábado?

–Eso espero.

Volvió a mirarme de arriba abajo como si me estuviera sopesando. Sus ojos eran muy pequeños, y cuando bizqueaba apenas se veían.

–Kid, ¿qué edad tienes?

–Voy para diecinueve.

–Supongo que pesas setenta y dos y medio –añadió.

–Peso setenta y seis. Crezco muy rápido.

–¿Conoces al tipo con el que te enfrentas el sábado?

–No.

–Es bastante duro.

Sonreí y respondí:

–Eso espero.

–Y muy espabilado.

–Eso espero –repetí.

Se quitó el cigarro de la boca, frunció el ceño y dijo que estaba cabreado conmigo.

–Sabes que en el cuadrilátero no tienes nada que hacer con él, ¿verdad? –antes de que se me ocurriera una respuesta, Pete González se metió el cigarro en la boca y cambió la expresión y el tono–. Kid, ¿por qué no me dejas ser tu apoderado? Tienes pasta de boxeador. Te llevaría bien, te haría crecer, en lugar de consumirte, y durarías la tira.

–No puedo –respondí–. Loney me enseñó todo lo que sé y…

–¿Qué te enseñó? –se enfureció Pete. Volvió a poner cara de loco–. Si crees que te han enseñado algo, mírate la jeta en el primer espejo que te salga al paso –se quitó el cigarro de la boca y escupió una hebra de tabaco–. ¡Solo tienes dieciocho abriles, hace menos de un año que boxeas y mírate la cara!

Sentí que me ruborizaba. Nunca fui un Adonis pero, como acababa de decir Pete, había recibido muchos puñetazos, y se notaba. Repliqué:

–Bueno, todavía no soy boxeador.

–Eso sí que es la pura verdad –reconoció Pete–. ¿Y por qué no lo eres?

–Y yo qué sé. Supongo que no va con mi estilo de pelear.

–Podrías aprender. Eres rápido y listo. ¿Qué mosca te ha picado? Cada semana Loney te enfrenta con alguien para el que todavía no estás preparado, recibes un montón de golpes y…

–Pero gano, ¿no? –pregunté.

–Claro que ganas… de momento. Ganas porque eres joven, duro, tienes madera de boxeador y una buena pegada, pero a mí no me gustaría pagar lo que tú pagas por ganar y tampoco se lo deseo a mis muchachos. He visto a jóvenes, algunos tan prometedores como tú, seguir ese camino y también vi en qué se convirtieron un par de años después. Hazme caso, Kid, conmigo correrás mejor suerte.

–Puede que tengas razón y te lo agradezco, pero no puedo abandonar a Loney. Es…

–Pagaré a Loney para hacerme con tu contrato, si es que no has firmado ningún papel con él.

–No, lo siento, yo… no puedo.

Pete comenzó a decir algo, se interrumpió y se puso rojo. Se había abierto la puerta del despacho de Tubby y Loney franqueaba el umbral. Estaba pálido y apenas se le veían los labios de tan apretados que los tenía, lo que me permitió saber que había oído la conversación.

Se acercó a Pete sin dirigirme una sola mirada y dijo:

–Rata latina y tramposa.

–Solo le dije lo mismo que a ti cuando la semana pasada te hice una oferta –afirmó Pete.

–Fantástico, se lo has contado a todo el mundo –replicó Loney–. Ahora podrás hablar de esto –golpeó la boca de Pete con el dorso de la mano.

Me acerqué porque Pete era mucho más corpulento que Loney, pero González se limitó a decir:

–Vale, amigo, tal vez no vivas eternamente. Tal vez no vivas eternamente si Big Jake se entera del rollo con su esposa.

Loney le soltó un puñetazo, pero en esta ocasión Pete lo esquivó retrocediendo medio metro. Loney echó a correr tras él y Pete giró y se metió en el gimnasio.

Loney se acercó sonriente y disimulando su cara de loco. Era capaz de cambiar de actitud a una velocidad vertiginosa. Me cogió por los hombros y dijo:

–Esa rata latina y tramposa. Larguémonos –una vez fuera me hizo girar para ver el letrero que anunciaba el combate–. Ahí estás, Kid. Entiendo que quiera tenerte en sus filas. Muchos te querrán antes de que hayas alcanzado la cumbre.

Era fantástico: Kid Bolan vs. Sailor Perelman, escrito en letras rojas más grandes que las de los demás nombres y puestas en primer término. Era la primera vez que mi nombre aparecía en primera línea. Pensé: desde ahora siempre será así y quizás algún día pelee en Nueva York, pero le sonreí a Loney sin decir nada y seguimos caminando hacia casa.

Mamá estaba fuera, visitando a mi hermana, la casada en Pittsburgh, y la negra Susan se ocupaba de la casa y de nosotros. Después de que Susan fregara los platos de la cena y se fuera a su casa, Loney habló por teléfono en voz baja. Cuando regresó quise decirle algo, pero temí plantearlo mal y que Loney pensara que me metía en sus asuntos y, antes de encontrar un modo seguro de tomar la palabra, alguien llamó a la puerta.

Loney abrió. Era la señora Schiff. Tuve la corazonada de que sería ella, pues había venido de visita la primera noche de la partida de mamá.

La señora Schiff entró riendo, con el brazo de Loney a la altura de la cintura, y me dijo:

–Hola, campeón.

–Hola –respondí y le estreché la mano.

Aunque me gustaba, creo que también le temía. No solo por Loney, sino en otro sentido. Ya sabes, lo que a veces te pasa cuando eres pequeño y de pronto te encuentras solo en un barrio desconocido de la otra punta de la ciudad. Aunque no había nada claro para aterrorizarte, estabas esperando que ocurriera algo. Con ella me pasaba lo mismo. Aunque estaba como un tren, su aspecto tenía algo de salvaje. No hablo de algo salvaje en el sentido en que te refieres a algunas fulanas, sino de algo casi animal, como si siempre estuviera alerta. Daba la impresión de que estaba hambrienta. Me refiero a sus ojos y, tal vez, a su boca, ya que no se la podía considerar flaca, entrada en carnes ni gorda.

Loney sacó una botella de whisky y vasos y bebieron unos tragos. Por pura amabilidad me quedé un rato, luego dije que estaba cansado, les di las buenas noches y me dirigí a mi habitación, revista en mano. Al subir la escalera oí que Loney le contaba su pelotera con Pete González.

Me desvestí e intenté leer, pero estaba preocupado por Loney. El chiste que Pete había hecho por la tarde se refería a la señora Schiff. Era la esposa de Big Jake Schiff, uno de los que cortaban el bacalao en nuestro barrio, y mucha gente debía saber que estaba liada con Loney. Sea como fuere, Pete lo sabía y Big Jake y él eran muy amigos, para no hablar de que ahora se la tenía jurada a Loney. Ojalá mi hermano liquidara esa historia. Tenía chicas para elegir y Big Jake no era el tipo con quien valiera la pena enemistarse, incluso dejando de lado la influencia que ejercía en el ayuntamiento. Como cada vez que me ponía a leer terminaba pensando en estos problemas, renuncié y me dormí muy temprano.

Todo había ocurrido el lunes. El martes por la noche, cuando volví del cine, la encontré esperando en el vestíbulo. Llevaba un abrigo largo, pero no tenía sombrero, y estaba muy nerviosa.

–¿Dónde está Loney? –preguntó sin saludar ni nada que se le parezca.

–No lo sé. No me dijo a dónde iba.

–Tengo que verlo –insistió–. ¿Tienes idea de dónde puede estar?

–No, no sé dónde está.

–¿Crees que llegará tarde?

–Suele hacerlo –respondí.

Me miró con el ceño fruncido y repitió:

–Tengo que verlo. Esperaré un rato.

Fuimos al comedor. Se dejó el abrigo puesto y caminó de un lado a otro, con la mirada perdida. Le pregunté si quería una copa y aceptó mecánicamente. Estaba a punto de servirle un trago cuando me cogió de las solapas del abrigo y dijo:

–Escúchame, Eddie, ¿me dirás una cosa? ¿Me dirás la pura verdad?

–Seguro, si es que puedo –respondí y me sentí incómodo de tenerla tan cerca.

–¿Está Loney realmente enamorado de mí?

Era una pregunta difícil: me puse al rojo vivo. Si Loney llegara de una buena vez…, si estallara un incendio o cualquier otra cosa.

Me sacudió las solapas.

–¿Me quiere?

–Supongo que sí. Sí, supongo que sí.

–¿No lo sabes?

–Claro que lo sé, pero Loney no comenta conmigo estas cosas. De verdad que no lo hace.

Se mordió el labio y me dio la espalda. Yo sudaba a más no poder. Pasé tanto tiempo como pude en la cocina, preparando el whisky y lo demás. Cuando regresé al comedor, vi que la mujer se había sentado y se estaba pintando los labios. Dejé el whisky sobre la mesa, a su lado.

Me sonrió y comentó:

–Eddie, eres un buen chico. Espero que ganes un millón de combates. ¿Cuándo es el próximo?

Solté la carcajada. Deduje que me había convencido de que todo el mundo sabía que el sábado me enfrentaba con Sailor Perelman, simplemente porque era mi primer encuentro importante. Así es como se te suben los humos a la cabeza.

–El sábado que viene –respondí.

–Me alegro –afirmó y miró la hora–. Oh, ¿por qué no vuelve de una vez?

Tengo que estar en casa antes de que llegue Jake –se incorporó de un salto–.  No puedo esperar más. No debí quedarme tanto. ¿Le dirás algo de mi parte a Loney?

–Sí.

–¿Y no se lo contarás a nadie más?

–No.

Rodeó la mesa y volvió a sujetarme de las solapas.

–Pon atención. Dile que alguien ha hablado con Jake sobre… sobre nosotros. Dile que debemos tener cuidado, que Jake es capaz de matarnos a los dos. Dile que creo que de momento Jake no sabe nada a ciencia cierta, pero que debemos ser cuidadosos. Dile a Loney que no me telefonee y que espere a que yo lo llame mañana por la tarde. ¿Se lo dirás?

–Sí.

–Y no permitas que haga una locura.

–No lo permitiré –afirmé. Habría dicho cualquier cosa con tal de acabar con esa visita.

–Eddie, eres un buen chico –repitió, me besó en la boca y se fue.

No la acompañé a la puerta. Miré el whisky que había dejado sobre la mesa y pensé que ya era hora de tomar el primer trago de mi vida, pero me senté y me puse a pensar en Loney. Es posible que dormitara un rato, pero estaba despierto cuando Loney regresó, cerca de las dos.

Estaba muy enfadado y preguntó:

–¿Qué carajo haces levantado a esta hora?

Le hablé de la señora Schiff y de lo que me había pedido que le dijera.

Se quedó en pie, con el abrigo y el sombrero puestos, hasta que le conté todo.

–Esa rata latina y tramposa –murmuró con voz apenas audible y puso cara de cabreo.

–También dijo que no cometieras una locura.

–¿Una locura? –me miró y rio–. No, no haré ninguna locura. ¿Qué tal si te vas a dormir?

–Vale –acepté y subí.

Loney aún estaba en la cama cuando, a la mañana siguiente, me fui al gimnasio, y ya se había ido cuando volví a casa. Lo esperé casi hasta las siete y entonces decidí cenar solo. Susan comenzaba a enfadarse porque sospechaba que esa noche terminaría tarde. Aunque es posible que pasara fuera toda la noche, la tarde siguiente, cuando fue al gimnasio de Tubby para verme entrenar, Loney estaba bien, bromeaba y hacía chistes con los presentes, como si nada le preocupara.

Aguardó a que me cambiara y volvimos juntos a casa.

–Kid, ¿cómo estás? –fue un chiste, pues Loney sabía perfectamente que yo siempre estoy bien. Jamás estuve enfermo.

–Muy bien –repliqué.

–Te estás entrenando de maravillas –afirmó–. Mañana tómate la vida con calma. Será mejor que descanses para enfrentarte al tío de Providence. Como dijo la rata latina y tramposa, es muy duro y tiene la cabeza bien puesta.

–Eso espero. Loney, ¿estás realmente convencido de que Pete dio el soplo a Big Jake sobre…?

–Olvídalo –me interrumpió–. A la mierda con ellos –me dio un codazo–. Ahora solo debes preocuparte por lo que harás el sábado a la noche.

–Todo saldrá bien.

–Yo no estaría tan seguro. Con un poco de suerte, conseguirás un empate.

Quedé tan sorprendido que me detuve en plena calle. Hasta entonces Loney jamás había hablado así de mis combates. Siempre decía «No te preocupes, por muy duro que parezca, ataca y hazle picadillo» o algo parecido.

–¿Estás diciendo que…? –pregunté.

Me sujetó del brazo para que volviera a caminar.

–Kid, creo que esta vez te he elegido un contrincante superior. Perelman es muy bueno. Sabe boxear y pega más fuerte que cualquiera de tus adversarios anteriores.

–No te preocupes, todo saldrá bien –aseguré.

–Tal vez –dijo, y miró hacia adelante con el ceño fruncido–. ¿Qué opinas de lo que dijo Pete acerca de que necesitas más práctica?

–Qué sé yo. No presto atención a lo que suelen decirme, salvo a tus palabras.

–Eso está bien, pero ¿qué opinas? –insistió.

–Supongo que me gustaría aprender a boxear mejor.

Sonrió sin estirar demasiado los labios.

–Te guste o no, es probable que Sailor Perelman te dé unas cuantas lecciones. Hablando en serio, si te pidiera que boxearas en lugar de entrar precipitadamente, ¿lo harías? Lo digo para ganar experiencia, aunque no dieras un gran espectáculo.

–¿No peleo siempre como tú me indicas?

–Por supuesto. Pero supón que significa perder este combate y aprender algo.

–Lo que me gusta es ganar, pero haré lo que digas –respondí–. ¿Quieres que me enfrente con él de esa manera?

–Aún no estoy seguro –replicó–. Ya veremos.

El viernes y el sábado no di golpe. El viernes intenté encontrar a alguien con quien salir a ligar, pero solo di con Bob Kirby y, como estaba harto de oír siempre los mismos chistes, cambié de idea y me quedé en casa.

Loney vino a cenar y le pregunté qué posibilidades teníamos de ganar el combate.

–Hay una buena pasta de por medio –respondió–. Tienes muchos amigos.

–¿Hemos apostado?

–Todavía no. Tal vez lo hagamos si suben las apuestas. Aún no lo he decidido.

Lamenté que mi hermano tuviera tanto miedo de que yo perdiera y pensé que si hacía algún comentario sonaría presuntuoso, así que seguí comiendo.

El sábado por la noche el local estaba abarrotado. Cuando subimos al cuadrilátero los aplausos fueron ensordecedores. Me sentía bien y supongo que Dick Cohen –que estaba en mi rincón con Loney– también se sentía en forma, pues hacía esfuerzos por disimular su sonrisa. Solo Loney parecía preocupado, no tanto como para que se notara, a menos que lo conocieras tan bien como yo. Lo cierto es que lo noté.

–Estoy perfectamente –lo tranquilicé. Muchos boxeadores dicen sentirse inquietos mientras esperan a que comience el combate, pero yo siempre estoy bien.

–Seguro –afirmó Loney y me palmeó la espalda–. Escúchame, Kid –pidió y carraspeó. Acercó la cara a mi oreja para que nadie pudiera oírlo–. Escucha, Kid, tal vez… quizá sea mejor que boxees de la manera que comentamos. ¿Vale?

–Vale.

–No permitas que los matones de primera fila te acojonen. El que lucha en el ring eres tú.

–Vale –repetí.

El primer par de asaltos fue extraño, pues suponía una novedad para mí: se trataba de moverme de puntillas a su alrededor y de asestarle unos cuantos bofetones con las manos en alto. Aunque lo había practicado con los tíos del gimnasio, nunca lo había hecho en un cuadrilátero ni con alguien tan capaz como Perelman. Era muy bueno y en esos dos rounds me dio bastantes golpes, pero nadie castigó realmente al otro.

En el primer minuto del tercer asalto me alcanzó el mentón con un derechazo cruzado y me golpeó reciamente el cuerpo con la izquierda, a una velocidad vertiginosa. Pete y Loney no bromeaban cuando decían que era un buen pegador. Me olvidé de boxear y entré precipitadamente con ambas manos, arrastrándolo por el cuadrilátero hasta que me lio en un cuerpo a cuerpo. Como todos gritaban pensé que estaba bien, pero en realidad solo le propiné un buen golpe, ya que amortiguó los demás puñetazos con los brazos. Era el boxeador más espabilado con el que me había enfrentado.

Cuando Pop Agnew nos separó me acordé de que debía boxear y me concentré, pero Perelman se movía muy rápido y pasé casi todo el asalto intentando alejar su izquierda de mi cara.

–¿Te ha hecho daño? –preguntó Loney cuando me retiré al rincón.

–Todavía no, pero sabe pegar –respondí.

En el cuarto asalto paré con el ojo otro derechazo cruzado y un montón de golpes de la zurda con otras zonas de la cara. El quinto asalto fue aún más duro. Por un lado, tenía casi cerrado el ojo en el que me había dado y, por otro, ya me conocía las mañas. Dio vueltas y más vueltas, impidiéndome asegurar la posición.

–¿Cómo te sientes? –preguntó Loney, mientras Dick y él me masajeaban después del quinto asalto. Su voz sonaba rara, como si estuviera resfriado.

–Todo va bien –respondí. Me costaba trabajo hablar porque tenía los labios hinchados.

–Cúbrete un poco más –aconsejó Loney.

Subí y bajé la cabeza para indicar que había entendido.

–Y no hagas el menor caso de los matones de la primera fila.

Actor Humphrey Bogart, boxeo
Actor Humphrey Bogart

Había estado demasiado ocupado con Sailor Perelman, pero cuando salimos a librar el sexto asalto oí que gritaban cosas como «Kid, entra y dale duro», «Vamos, Kid, enséñale lo que es bueno» y «Kid, ¿a qué esperas?». Supuse que habían gritado sin parar frases de esa guisa. Tal vez tuvo algo que ver o quizá fue que quería demostrarle a Loney que me sentía bien, para que no se inquietara por mí. Sea como fuere, hacia el final de ese asalto, cuando Perelman me sacudió otro derechazo cruzado de los que me dejaban turulato, me protegí y decidí acosarlo. Me pegó, pero no tanto como para apartarme y, pese a que asimiló la mayoría de mis puñetazos, le encajé un buen par de trompadas que le hicieron daño. Cuando me abrazó supe que lo hacía porque era más listo que yo, pero no más fuerte.

–¿Qué pasa contigo? –me gruñó al oído–. ¿Estás loco?

Como no me gusta hablar en el ring, sonreí para mis adentros sin decir esta boca es mía, e intenté liberar una mano.

Cuando al concluir el asalto regresé al rincón, Loney me miró de mala manera.

–¿Qué te pasa? ¿No te dije que boxearas? –estaba espantosamente pálido y afónico.

–Está bien, boxearé.

Dick Cohen comenzó a blasfemar junto al lado de la cara por el que yo no veía. No parecía maldecir a nada ni a nadie en particular, simplemente mascullaba en voz baja hasta que Loney le pidió que cerrara el pico.

Quería preguntarle a Loney cómo afrontar el derechazo cruzado pero, tal como tenía la boca, hablar requería un gran esfuerzo. Además, tenía la nariz torcida hacia arriba y necesitaba la boca para respirar, así que guardé silencio. Loney y Dick me masajearon más que en cualquiera de los descansos de los asaltos anteriores. Cuando bajó del ring, antes de que sonara la campana, Loney me palmeó el hombro y dijo en tono perentorio:

–Y ahora boxea.

Salí a boxear. En ese round, Perelman debió de pegarme treinta veces en la cara. Aunque eso fue lo que sentí, seguí tratando de boxear. Fue un asalto interminable.

Regresé al rincón, no mareado, sino a punto de vomitar, lo que era extraño, porque no recordaba haber recibido una buena sacudida en el estómago. Perelman me había golpeado casi exclusivamente en la cabeza. Loney tenía mucho peor aspecto que yo. Estaba tan jodido que procuré no mirarlo, y me avergoncé de dejarlo en ridículo al permitir que Perelman se burlara de mí.

–¿Aguantarás hasta el final? –preguntó Loney.

Al tratar de contestarle descubrí que no podía mover el labio inferior, porque tenía la encía pegada a un diente roto. Alcé el pulgar y Loney me quitó el guante. Separé el labio del diente y dije:

–Seguro. Pronto le cogeré el tranquillo.

Loney emitió un extraño gorgoteo y, de pronto, acercó tanto su cara a la mía que tuve que dejar de mirar al suelo y observarlo. Tenía mirada de drogadicto.

–Kid, presta atención –dijo con voz cruel y severa, como si me odiara–. A la mierda con esta historia. Sal y acaba de una buena vez con ese cabrón. ¿Para qué mierda boxeas? Eres un luchador. Súbete al ring y defiéndete.

Estaba a punto de decir algo pero me contuve. Tuve la absurda idea de que le daría un beso o algo parecido, pero para entonces Loney había franqueado las cuerdas y sonó la campana.

Seguí al pie de la letra las indicaciones de Loney y gané ese asalto con mucha ventaja. Fue maravilloso volver a pelear a mi estilo, entrar precipitadamente con los dos puños, sin balanceos ni pijaditas, simplemente lanzando golpes cortos y directos, inclinándome de un lado a otro para darle duramente de los tobillos hacia arriba. Claro que Perelman me pegó, pero calculé que ya no podría darme más duro que en los anteriores asaltos y que, si lo había soportado, ya no tenía de qué preocuparme. Poco antes de que sonara la campana lo cogí en un cuerpo a cuerpo y cuando sonó había logrado encerrarlo en un rincón.

En mi rincón reinaba la alegría. Todos gritaban salvo Loney y Dick, que no pronunciaron una sola palabra.

Apenas me miraron, se concentraron en las zonas de masaje y fueron más duros que nunca. Mi cuerpo parecía una máquina que ellos estaban reparando. Loney ya no tenía mala cara. Noté que estaba agitado por su expresión severa y rígida. Me gusta recordarlo así, era tan apuesto… Dick silbaba entre dientes, quedamente, mientras me mojaba la cabeza con una esponja.

Derroté a Perelman antes de lo que suponía, en el noveno. Dominó la primera parte del asalto porque se movió de prisa, me controló con la izquierda, y diría que me desconcerté; sin embargo, no se tenía en pie y le entré por debajo de sus zurdazos, haciéndole un gancho de izquierda en el mentón, el primero que conseguía atizarle en la cabeza tal como me proponía. Supe que había sido un buen golpe antes de que inclinara la cabeza hacia atrás y le asesté seis puñetazos tan rápido como pude colocarlos: izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha. Asimiló cuatro, pero luego le di un derechazo en el mentón y otro justo encima del calzón; doblé ligeramente las rodillas e intentó abrazarme, pero lo aparté y le di en el pómulo con todas mis fuerzas.

Después Dick Cohen me puso el albornoz sobre los hombros y simultáneamente me abrazó, se sorbió los mocos, maldijo y rio; al otro lado del cuadrilátero sentaron a Perelman en su taburete.

–¿Dónde está Loney? –quise saber.

–No lo sé –Dick miró a su alrededor–. Hace un momento estaba aquí. ¡Chico, qué paliza!

Loney nos alcanzó cuando estábamos a punto de entrar en el vestuario.

–Tenía que ver a un individuo –explicó. Le brillaban los ojos como si se burlara de algo, pero estaba pálido como un fantasma y apretaba los labios contra los dientes al sonreírme torvamente y comentar–: Kid, pasará mucho tiempo hasta que alguien te supere.

Respondí que era lo que esperaba. Ahora que todo había terminado, estaba muy cansado. Por lo general, después de un combate me entra un hambre voraz, pero aquella noche me sentía agotado.

Loney caminó hasta el sitio donde había colgado el abrigo y se lo puso sobre los hombros. En ese instante, el dobladillo se enganchó y vi que en el bolsillo llevaba una pistola. Fue extraño porque nunca lo había visto portar armas y, si la había tenido en el cuadrilátero, seguramente todos habrían reparado en ella cuando se agachó para masajearme. No podía preguntarle nada porque en el vestuario había un montón de tipos que charlaban y discutían.

Al cabo de unos segundos apareció Perelman con su apoderado y un par de individuos que yo no conocía, por lo que supuse que lo habían acompañado desde Providence. Aunque el boxeador miraba hacia adelante, los otros nos observaron de mala manera a Loney y a mí y se dirigieron al otro extremo del vestuario sin abrir la boca. Allí todos nos vestíamos en la misma habitación.

–Tómatelo con calma. Prefiero que Kid se enfríe antes de salir –dijo Loney a Dick, que me estaba echando una mano.

Perelman se cambió deprisa y salió sin dejar de mirar hacia adelante. Su apoderado y los dos acompañantes se detuvieron junto a nosotros. El apoderado era un tío robusto, de ojos verdes como los de un pez y cara oscura y chata. Hablaba con acento, tal vez polaco. Dijo:

–Se creen muy listos, ¿eh?

Loney estaba de pie, con una mano a la espalda. Dick Cohen sujetó el respaldo de la silla con las manos y se apoyó en ella.

–Yo soy listo –dijo Loney–. Kid pelea como yo le digo.

El apoderado de Perelman nos miró a Dick y a mí, volvió a clavar la mirada en Loney y añadió:

–Jum, así que por ahí van los tiros –se quedó pensativo una eternidad–. Es mejor saberlo –se ajustó el sombrero, se volvió y salió mientras los otros dos le pisaban los talones.

–¿A este qué mosca le ha picado? –pregunté a Loney.  Rio, pero no como si fuera algo divertido.

–No saben perder.

–Pero tú llevas una pistola en…  –Loney no me dejó concluir.

–Bueno, bueno, alguien me pidió que se la guardase y ahora tengo que devolverla. Dick y tú se van a casa y en un rato nos vemos. Tómatelo con calma, quiero que te enfríes antes de salir. Cojan el coche, ya saben dónde está. Acércate, Dick.

Loney llevó a Dick aparte y le habló al oído. Este asintió con la cabeza y puso aún más cara de susto, si bien intentó disimularlo cuando se acercó a mí.

–Hasta luego –se despidió Loney.

–¿Qué pasa? –pregunté a Dick.

–No te preocupes –respondió meneando la cabeza. Fue todo lo que conseguí arrancarle.

Cinco minutos después entró corriendo Pudge, el hermano de Bob Kirby, y gritó:

–¡Mierda, le han disparado a Loney!

Yo le disparé a Loney. Se mire como se mire, Loney seguiría vivo si yo no fuera tan ingenuo. Durante mucho tiempo responsabilicé a la señora Schiff, pero creo que lo hice para no reconocer que la culpa era mía.

Jamás pensé realmente que ella fuera la autora de los disparos, como las personas que dijeron que, cuando Loney perdió el tren en el que iban a largarse juntos, ella regresó, esperó en la entrada y cuando él salió y le dijo que había cambiado de idea le disparó. La responsabilicé de haberle mentido, pues resultó que nadie le había dado el soplo a Big Jake sobre la aventura que vivía con Loney. Mi hermano le metió esa idea en la cabeza, le contó lo que Pete había dicho y ella fraguó el engaño para escapar con Loney. Y si yo no fuera tan ingenuo, Loney habría cogido ese tren.

Mucha gente dijo que Big Jake había asesinado a Loney. Dijeron que por ese motivo la policía nunca llevó la investigación a fondo, en virtud de la influencia de Big Jake en el ayuntamiento. Es verdad que regresó a su casa antes de lo que suponía la señora Schiff, que le había dejado una nota diciendo que se largaba con Loney, y que pudo llegar a la calle cercana al local donde abatieron a Loney, con tiempo más que suficiente para matarlo, pero no habría podido llegar a tiempo a la estación de trenes y si yo no fuera tan ingenuo, Loney habría cogido ese tren.

También dijeron que fueron los forofos de Perelman, algo que pensó casi todo el mundo, incluida la policía, pero tuvieron que soltarlos porque no había pruebas suficientes. Si yo no fuera tan ingenuo, Loney me habría dicho claramente: «Escucha, Kid, tengo que largarme, necesito reunir la mayor cantidad posible de dinero, lo mejor es llegar a un trato con Perelman para que pierdas y entonces apostar todo lo que tenemos en tu contra». Vamos, habría estado dispuesto a amañar un millón de combates por el bien de Loney, que no sabía que podía confiar en mí, que soy tan ingenuo.

Yo podría haber deducido lo que Loney quería y caído en el quinto asalto, cuando Perelman me pilló con aquel gancho. Habría sido fácil. Si no fuera tan ingenuo, habría aprendido a boxear con más clase y, aunque hubiese perdido con Perelman, habría evitado que me hiciera picadillo, hasta el extremo de que Loney ya no pudo soportarlo y echó todo a perder pidiéndome que dejara de boxear y entrara a por todas.

Si todo hubiese ocurrido tal como sucedió hasta aquel momento, igualmente Loney podría haberse esfumado si yo no fuera tan ingenuo como para que tuviera que quedarse a cuidar de mí y decir a esos tipos de Providence que yo no tuve nada que ver con la traición.

Ojalá el muerto fuera yo y no Loney.

FIN

 

“His brothers’s keeper”, 1934
Collier’s Weekly, Estados Unidos

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  • CÓMO funciona la Comba Beast - Nuestro sistema único de rodamiento permite a tu Cuerda Beast girar a un ritmo increíble - perfecta para saltos dobles. Con nuestro mecanismo de ajuste esta cuerda de 2,8 metros anti enredo puede usarse por cualquier - desde los más altos a los deportistas más bajitos. Incluye una bolsa para guardarla.
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