Luvina, relato corto de Juan Rulfo

Relato corto de Juan Rulfo: Luvina

De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran Cuesta de la Piedra Cruda. El aire y el sol se han encargado de desmenuzarla, de modo que la tierra de por allí es blanca y brillante como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer; aunque esto es un puro decir, porque en Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío se cuaja en el cielo antes que llegue a caer sobre la tierra.

Relato corto de Juan Rulfo: Acuérdate

Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquél que dirigía las pastorelas y que murió recitando el “rezonga ángel maldito” cuando la época de la gripe. De esto hace ya años, quizá quince. Pero te debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos “el Abuelo” por aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían la Arremangada, y la otra que era rete alta y que tenía los ojos zarcos y que hasta se decía que ni era suya y que por más señas estaba enferma del hipo. Acuérdate del relajo que armaba cuando estábamos en misa y que a la mera hora de la Elevación soltaba un ataque de hipo, que parecía como si estuviera riendo y llorando a la vez, hasta que la sacaban fuera y le daban tantita agua con azúcar y entonces se calmaba. Esa acabó casándose con Lucio Chico, dueño de la mezcalera que antes fue de Librado, río arriba, por donde está el molino de linaza de los Teódulos.

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El discurso pensado

El discurso pensado
Escritor mexicano Juan Rulfo

Estas líneas que ofrezco a continuación son un extracto de Tipología del cuento literario, de Edelweis Serra, una rareza fuera de catálogo que encontré “huroneando” en una librería de viejo. El libro me resulta académico en exceso, pero he rescatado este fragmento, incluido en el capítulo II (“El arte de contar”), porque nos invita a adentrarnos en una técnica que quizá no esté muy trillada: la de narrar una historia a partir de un personaje que dialoga consigo mismo. En esta técnica, el personaje en cuestión, Macario (nombre que da título al cuento de Juan Rulfo), no se dirige a nadie en concreto. Lo que hace es pensar el relato en una suerte de monólogo interior. En definitiva: el personaje habla para sí. (Ojo: hay que hacerlo con coherencia. No olvidéis que esta técnica tiene como objetivo contar una historia. No sería aceptable una retahíla de pensamientos inconexos que no llevan a ninguna parte).

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