Un cuento sobre un asesino a sueldo

Siguiendo la estela de los grandes cuentistas italianos del siglo XX (la de  Dino Buzatti o la de Italo Calvino, quien fuera su mentor), Manganelli consigue con Centuria un libro de relatos casi perfecto. Y no digo perfecto a secas, porque ya se sabe que la perfección puede ser muy aburrida, y lo que sobra en Centuria es humor, agudeza y una imaginación apoteósica; en definitiva, sobradas oportunidades para el disfrute y la diversión inteligente.

Javier Aspiazu, “Los raros. Manganelli, el genio de los cuentos breves”

Centuria: Cien breves novelas-río (Otra vuelta de tuerca)

Relato corto de Giorgio Manganelli: Dieciocho

Aquel señor que ha comprado un impermeable usado, un sombrero flexible, que fuma nerviosamente, y pasea de un lado a otro de una miserable habitación de hotel que ha tenido que pagar de antemano, decidió, hace diez años, que cuando fuera mayor sería un asesino a sueldo. Ahora ya es mayor, y ningún hecho nuevo, ni amores, ni sanos desayunos por la mañana, ni himnos eclesiásticos, han modificado en absoluto su decisión, que no era un capricho infantil, sino una opción sabia y consciente. Ahora bien, un asesino a sueldo necesita pocas cosas, pero se trata de cosas peculiares. Precisa tener un arma a un tiempo prestigiosa y disimulada, una puntería perfecta, un cliente, y una persona a la que matar; el cliente, a su vez, precisa tener odio e interés, y mucho dinero. Lo difícil es hacerse con todas estas condiciones al mismo tiempo. Puesto que su temperamento oscila entre el fatalismo y la superstición, está persuadido de que un auténtico asesino a sueldo no podrá dejar de encontrarse en la situación prevista, pero que, siendo ésta una situación compleja y altamente improbable, únicamente puede suceder no sólo si el asesino a sueldo es competente, o el arma no es exacta, o existe en alguna parte un gran odio o un interés terrible, o hay dinero para matar, sino si algo en los cielos, en las estrellas, tal vez en el propio Dios, en el caso de que exista, interviene y reúne esos acontecimientos dispersos y con frecuencia tan lejanos que no pueden encontrarse.

Él quiere ser digno de una elección a la que no vacila en atribuir un carácter fatal. Así, pues, después de haberse elegido un vestido como un hábito, ha decidido convertirse en un tirador perfecto. Es un novicio, pero tiene la vocación del asceta. Se ha dado cuenta inmediatamente de un error en el que incurren todos los aspirantes a asesino a sueldo; se entrenan con blancos ficticios. El blanco ficticio no pone a prueba el ascetismo del asesino a sueldo. Este principio, en sí mismo irrefutable, ha inducido al asesino a sueldo a unas cuantas conclusiones: ha establecido que debe aprender la puntería perfecta en condiciones perfectamente ascéticas. No debe herir, debe matar. No animales, que quieren ser muertos. ¿Hombres? Pero matar a un hombre si no es por dinero es fatuo exhibicionismo. Le queda una única solución, que sí es realmente ascética. Debe ejercitar la puntería contra sí mismo. Ahora ha colocado el arma en un rincón de la habitación elevada, y ha atado el gatillo a una cuerda. El asesino a sueldo medita. Ahora se apuntará a sí mismo. ¿Y después? Si falla el tiro, se salvará, pero quedará descalificado como asesino a sueldo; si da en el blanco, alguien morirá: el asesino a sueldo. Titubea durante mucho rato: pero sabemos que al final prevalecerá su conciencia profesional.

 

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